David confirmó la dirección en su pantalla y bajó del auto.
El enlace de la policía con las familias afectadas del avión desaparecido había conseguido la llave del departamento, así que no era necesario entrar a la fuerza.
Caminó lentamente, observando la fachada del edificio y el vecindario. Parecía un barrio tranquilo, callado, sin nada que resaltara a simple vista. Un lugar agradable para vivir.
Como si Mía lo estuviese observando en todo momento, justo al meter la llave sonó el teléfono de David. Era ella. Era Mía.
Él, algo agotado pero ya acostumbrado a la dinámica, se puso el audífono y contestó la llamada.
—¿En qué nos quedamos? —preguntó ella, entusiasmada.
—¿Así nada más? ¿Sin un saludo? ¿Directo al grano? —preguntó él.
David entró al departamento y se encontró con un espacio pequeño pero acogedor: muebles nada ostentosos y una decoración más bien funcional, solo para rellenar algunos espacios y que los muros no se vieran desnudos; pisos de madera color gris deslavado y muros amarillo mostaza. Sin lujos visibles y bastante práctico.
Justo en ese momento, la anfitriona del hogar llamó su atención. En la pantalla junto a la puerta había un ícono de alarma.
David presionó la pantalla y una voz eléctrica salió del aparato:
—No es un miembro de esta familia. Identifíquese.
El oficial acercó su placa, que fue escaneada. La inteligencia artificial de la casa hizo una comprobación rápida de su identidad; luego se conectó con la del Departamento de Policía y esta le envió los protocolos necesarios para que el oficial pudiera hacer su trabajo, generando al mismo tiempo un informe con la hora, fecha y duración del registro.
Unos segundos después, con toda la burocracia lista, la voz del aparato lo saludó:
—Bienvenido, oficial —dijo en tono cordial.
—Estoy investigando la desaparición de… —tardó un segundo en encontrar el nombre en su teléfono— Doria Buenaventura, la dueña.
La pantalla tardó un instante en responder.
—La señora salió antes de ayer por la mañana rumbo al trabajo, en un vuelo con destino a Eurasia. No ha regresado. Si quiere, puedo darle más detalles sobre el vuelo.
—¿Sabes dónde está? —preguntó David en tono burlón.
—No exactamente.
—Lo suponía, pero valía la pena intentarlo.
—¿Necesita alguna otra información?
—No es necesario, gracias —respondió muy cortés David—. Estoy investigando. Echaré un vistazo, ¿está bien?
—Lo que usted necesite, oficial —respondió la máquina.
David recorrió el living, mirándolo todo. Posó sus ojos en las repisas, donde le extrañó que no hubiera fotos familiares, ni de mascotas ni nada similar.
Mía, que seguía esperando paciente del otro lado de la línea, decidió empezar con la terapia.
—¿Y por qué no buscarte a alguien para ti? —preguntó ella, apoyando los codos sobre la mesa, como si la pregunta fuera ligera, casual… aunque sabía que no era así.
La pregunta golpeó a David en el rostro. Por un segundo no supo qué responder.
—Sí que es directa —pensó, y soltó una risa breve, incómoda.
—Es complicado.
—¿Complicado cómo? —inquirió ella.
—No lo sé…
—No es tan extraño, en realidad. Tu miedo al compromiso.
David, que miraba debajo de una mesa, se levantó sorprendido. Mía estaba particularmente mordaz aquel día.
—No empezarás con esa basura sobre la relación con mi madre, ¿verdad?
Mía parpadeó, sorprendida. Un leve rubor le subió por el cuello. Se acomodó el auricular en el oído.
—No tienes por qué ser tan hostil —respondió con suavidad, pero sin retroceder.
Él cerró los ojos un instante.
—Lo siento. No era mi intención.
—Lo sé —dijo ella, casi en un susurro.
El silencio se estiró entre los dos.
David siguió deambulando por el pequeño departamento, abriendo gavetas y cajones, buscando cualquier cosa que pudiera resultarle interesante o útil para resolver el caso.
—¿Y qué hay de ti? —preguntó él finalmente—. Siempre haces preguntas, pero nunca hablas de ti. ¿Por qué no tienes novio?
Ella alzó una ceja.
—¿Cómo sabes que no tengo novio?
—No lo sé… solo me lo parece.
De alguna forma, el silencio de Mía resultaba incómodo.
—Es complicado. Acabo de llegar a la ciudad y… las relaciones nunca se me han dado demasiado bien.
—¿Por qué?
Ella respiró hondo antes de contestar.
—Tuve una mala experiencia hace poco. Y necesito tiempo.
—¿Qué tipo de experiencia?
Mía dudó. Luego decidió no suavizarlo.
—Tuve algo así como un acosador.
Él frunció el ceño.
—¿Algo así? ¿Era o no un acosador?
—Sí, lo era.
—Es extraño… es que no te veo como…
Se quedó a medio camino.
—¿Como alguien deseable? —completó ella.
—No, no quise decir eso.
—¿Seguro?
David, que hurgaba la ropa del clóset, se dio cuenta de que la había cagado.
—He tenido sobrepeso toda mi vida —continuó ella, con la voz firme—. Sé perfectamente cuál es mi lugar en la escala de lo “deseable”. He escuchado los comentarios. Desde el colegio. Desde mi propia familia. Así que créeme, no necesito que me lo recuerden.
Él tragó saliva.
—No es eso. De verdad me pareces muy linda. Solo… no pensé que alguien pudiera obsesionarse contigo hasta ese punto. Eres el tipo de chica que uno presenta a sus padres, se casa y tiene un montón de hijos. No te imagino como la chica que atrae dementes.
Mía respiró, tratando de calmarse.
—No se necesita ser un sex symbol para que alguien se obsesione. Y no se necesita estar demente para obsesionarse. Solo se necesita que una persona esté profundamente sola.
Él guardó silencio.
—Era un paciente —dijo ella finalmente—. Antes de entrar a la policía trabajé un tiempo dando terapia en un centro estudiantil.
—¿Terapia?
—Sí. Era un chico muy joven. Había sufrido abuso. Tenía problemas en casa, en la universidad… no tenía a nadie. Cuando llegó a mí estaba roto.
Su voz bajó un tono.
—Lo enviaron a sesiones tres veces por semana. Al principio todo iba bien. Mejoraba. Sonreía más. Me agradecía cada pequeño avance como si yo le hubiera salvado la vida. Y ahí estuvo el error… empezó a creer que yo era lo único bueno que tenía.
David decidió no interrumpirla.
—Comenzó a traerme regalos. Cartas. Me esperaba después de la consulta. Me seguía unas cuadras “por casualidad”. Al principio pensé que podía manejarlo, que era parte del proceso. Incluso —hizo una pausa— se sentía bien. Tener un admirador, alguien a quien le gustes… se sentía bien.
David deambulaba por aquí y allá, mirando todo por encima y prestando mucha atención al relato de Mía.
—Pero un día —continuó ella— lo encontré frente a mi edificio. A las dos de la mañana, diciendo que si yo lo abandonaba no tenía razones para seguir viviendo.
El silencio se volvió pesado.
—Intenté poner límites más firmes. Se quebró. Gritó. Golpeó el vidrio de mi auto cuando intenté irme. Ahí entendí que ya no era transferencia emocional… era obsesión.
Sus manos temblaron levemente; el recuerdo la estremecía.
—¿Qué pasó, Mía? —preguntó David, profundamente interesado.
—Lo denuncié cuando tuvo un episodio violento. No estaba dispuesta a poner en riesgo mi vida por compasión.
Él asintió, casi imperceptiblemente.
—Y así fue como terminé trabajando con la policía. Luego de mis declaraciones, el chico estuvo detenido, pero yo no estaba tranquila. Lo veía en todos lados, en casi cualquier lugar al que iba; su sombra me perseguía.
—Decidí mudarme, y la asistente social del Departamento de Policía me sugirió postular a una vacante en la fuerza.
Se hizo un silencio largo.
—Supongo que de todo se puede sacar algo positivo —añadió ella, con una media sonrisa cansada—. Incluso de que alguien te convierta en el centro de su mundo… cuando tú apenas estabas intentando ayudarlo a reconstruir el suyo.
David miró nuevamente las repisas vacías. Ninguna foto. Ningún recuerdo. Ninguna historia.
—La gente está muy sola —pensó.
Algo cambió en la forma en que David percibía a Mía. Difícil de explicar: algo primario que sintió en el pecho y que lo dejó expuesto, sin ocurrencias. Sin sarcasmo. Sin defensas. Sintió reconocimiento.
—Gracias por contármelo —dijo en voz baja.
Y por primera vez desde que empezó la conversación, ninguno de los dos intentó protegerse.
—Tenía a alguien. Alguien para mí —dijo David con tono solemne.
—¿Y qué pasó?
—Teníamos problemas, como todo el mundo, nada especial, pero poco a poco empezó a empeorar. Empezamos a tener muy mala comunicación, dejamos de aguantarnos y dejamos de desearnos. Teníamos un hijo, ¿sabes?
Mía notó cómo David se refería en pasado, pero decidió no interrumpir.
—Mi hijo tenía ocho años. Con mi mujer no se llevaba muy bien, y cuando estábamos los tres en casa la situación era algo tensa. Un día ella no estaba, salió a alguna parte, y con mi hijo tuvimos una tarde muy tranquila: hicimos las compras, la comida, todo. En realidad lo pasamos muy bien y empecé a pensar que tal vez estaríamos mejor si solo fuéramos los dos. Esa idea estuvo dando vueltas en mi cabeza durante semanas, lo cual no mejoraba nuestra situación, pero para mí era una salida. Comencé a pensar más en serio en el divorcio.
Ella prácticamente no pasaba tiempo en casa.
—La cosa es que cuando yo ya estaba decidido a plantear la situación, ella se había adelantado. Tomó a mi hijo, sus cosas y se fue con un amante que tenía desde hacía meses.
David guardó silencio unos segundos.
—Los tres murieron el día en que se fue. Un accidente de auto en la carretera que va a la playa.
—Entiendo —dijo Mía. Le dio un instante para que la emoción se asentara y para que David pudiera recuperarse.
—Gracias por contarmelo —dijo ella.
—Tu empezaste primero —respondió él.
David miró al rededor de la habitación, fijándose en los detalles.
—Aquí no hay nada —dijo por fin, sacó un par de fotos con su teléfono y salió del lugar.