sábado, 21 de marzo de 2026

perfidia 4

Mía despertó intranquila. No solía llevarse a casa los casos que estaba tratando, pero este era algo distinto: se trataba de David.
Seguían dando vueltas las palabras de él, y ella aún no lograba formarse una idea clara de cómo abordarlo, de cómo poder ayudarlo.
El café, que siempre era un espacio de reflexión e introspección, no le ayudó como en otras ocasiones. No teniendo nada más que hacer en su casa, decidió ir temprano a la oficina.
Había mucho movimiento en el departamento de policía. No habían tenido avances significativos en el caso del avión, pero ella tenía otras cosas en las que pensar y, aunque le costara reconocerlo, necesitaba ayuda.
Y él siempre estaba para ayudarla.
Mía cerró la puerta de su oficina con más cuidado del necesario. Se quedó unos segundos de pie, con la mano aún apoyada en la manilla, como si necesitara asegurarse de que el mundo al otro lado no fuera a entrar de golpe.
Exhaló.
No tomó asiento de inmediato. Caminó hasta el escritorio, ordenó un par de papeles que no necesitaban orden, alineó un lápiz con el borde, y recién entonces se permitió detenerse.
Miró su teléfono.
Dudó un segundo antes de marcar.
El tono sonó dos veces.
—¿Mía? —contestó una voz grave, calmada, al otro lado.
—Sí… perdón por llamar tan temprano —se disculpó.
—Si me llamas, es por algo.
Hubo un breve silencio.
—Necesito hacerte una pregunta —dijo ella.
—Te escucho.
Mía apoyó la cadera contra el escritorio, cruzó los brazos sin darse cuenta.
—¿De dónde viene la maldad?
Del otro lado no hubo respuesta inmediata.
—Esa no es una pregunta clínica —respondió él al fin—. Es una pregunta personal.
—Lo sé.
—Entonces reformúlala.
Mía apretó los labios.
—¿Cómo sabes si alguien es capaz de hacer daño… y no detenerse?
Su mentor guardó silencio unos segundos más, como si ordenara las palabras antes de soltarlas.
—Todos somos capaces de hacer daño —dijo finalmente—. La diferencia está en lo que hacemos después.
Mía bajó la mirada.
—¿Y si no hay un “después”?
—Siempre lo hay —respondió él—. Aunque sea interno.
Mía caminó lentamente por la oficina.
—¿Incluso si la persona… no siente culpa?
—La culpa no siempre se siente como culpa.
Ella frunció el ceño.
—Explícate.
—A veces aparece como rabia. O como justificación. O como una necesidad constante de tener la razón.
Mía pensó en David. En su tono plano. En la forma en que había dicho las cosas, sin temblar.
—¿Y si no hay nada de eso? —insistió—. ¿Si la persona entiende lo que hizo… pero no le afecta?
—Entonces no estás frente a la ausencia de culpa —dijo su mentor—. Estás frente a alguien que aprendió a desconectarse de ella.
El silencio volvió a instalarse.
Mía se detuvo.
—¿Eso se puede revertir?
—A veces.
—¿Y cuándo no?
Hubo una leve exhalación al otro lado de la línea.
—Cuando la desconexión dejó de ser un mecanismo… y se volvió parte de quién es.
Mía tragó saliva.
—Estoy viendo a alguien —dijo finalmente—. Un caso complicado.
—Todos lo son.
—Este no… no encaja.
—¿En qué sentido?
Mía dudó.
—Sabe lo que hizo. Puede explicarlo. Puede incluso reconocer que está mal… pero no hay quiebre. No hay peso.
Su mentor no respondió de inmediato.
—Ten cuidado —dijo al fin.
Mía levantó la mirada.
—¿Por qué?
—Porque esas personas no siempre buscan ayuda para cambiar.
—¿Entonces para qué?
—Para entenderse.
—¿Y eso es malo?
—No —dijo él—. Pero puede ser peligroso… si tú empiezas a entenderlos demasiado bien.
Mía sintió un leve nudo en el estómago.
—No estoy cruzando ningún límite —dijo, más rápido de lo que habría querido.
—No dije que lo estuvieras haciendo.
Silencio.
—Solo recuerda esto —agregó él—: empatizar no es lo mismo que justificar.
Mía cerró los ojos un instante.
—Lo sé.
—¿Lo sabes… o lo estás olvidando?
No respondió.
Miró hacia la puerta cerrada de su oficina.
Por un segundo, pensó en David sentado frente a ella. En su voz. En la forma en que había hablado de todo… como si no le perteneciera.
—Mía —dijo su mentor—.
—Sí.
—No intentes responder todavía de dónde viene la maldad.
Ella esperó.
—Primero asegúrate de reconocerla cuando la tengas delante.
La llamada terminó poco después.
Mía dejó el teléfono sobre el escritorio.
Esta vez no intentó ordenar nada.
Se quedó de pie, en silencio, con la sensación incómoda de que algo había cambiado.
Y de que, tal vez, ya era demasiado tarde para no verlo.