jueves, 19 de marzo de 2026

perfidia 2

David despertó cerca de las nueve de la mañana, con un amargor en la boca, dolor en los ojos y el cuerpo cansado.
Le tomó un segundo entender dónde estaba y qué había pasado.
Se había dormido con la ropa puesta; en el suelo, un vaso derramado daba cuenta de su estado de ánimo de la noche anterior.
—Patricia... —pensó.
La imagen de su cabeza expuesta lo sacudió. Otra vez aquel pesar, otra vez esa gravedad que lo hundía en el sillón.
Sacudió la cabeza, se levantó y fue al baño a darse una ducha. Tenía uno o dos días de permiso, no lo recordaba, así que no estaba apurado.
El agua tibia reconfortó su cuerpo y pudo sacarse la pereza que lo aquejaba. Todo el día transcurría muy lento, casi irreal.
Salió del baño dejando un rastro de gotitas camino al dormitorio, encendió el televisor —más para hacer ruido que otra cosa— y se vistió.
En la pantalla del televisor, el CEO del aeropuerto Comodoro Jorge Torres, ubicado al poniente de la ciudad, hablaba algo que parecía importante; una tras otra, las imágenes de un avión se repetían en bucle, pero David no estaba prestando atención.
—¿Alan? —preguntó David a la nada.
—Sí, señor —respondió una voz electrónica que vino de todas partes.
—Averigua a qué hora será el funeral de Álvaro Retamal y su esposa. Consulta en la policía; ellos deben saber, o si pueden darte un estimado.
—Sí, señor —respondió Alan, la inteligencia artificial de la casa.
Luego de algunos segundos de comprobación, ya tenía la respuesta.
—Señor, las pericias han sido realizadas, pero los funerales de Álvaro Retamal y su esposa han sido cancelados de momento. Sus cuerpos se mantienen en stasis en dependencias de la policía hasta nuevo aviso.
—¿Por qué? —David estaba confundido.
—La policía ha emitido una alerta. Todos los funcionarios tienen una reunión de emergencia y sus labores han sido reasignadas.
—¿Yo también tengo que ir a esa reunión? —preguntó David.
—No, señor, su presencia no es esperada.
David frunció el ceño. Todo era muy extraño.
Se terminó de vestir, tomó sus llaves del auto y se dispuso a salir.
—¿Alan? ¿A qué hora es esa reunión? —preguntó David.
—Dentro de treinta minutos, señor —contestó el asistente.
Si salía ahora, llegaría con tiempo y, cancelados los funerales de sus amigos, no tenía muchas cosas más que hacer.
La intriga le sentó bien: ocupar su cabeza con ideas distintas a lo ocurrido la mañana anterior.
Salió rumbo a la policía sin despedirse de Alan.
El trayecto resultó tranquilo. La ciudad seguía su curso y todo el mundo parecía estar metido en sus asuntos. Transeúntes por todos lados, comprando cosas o haciendo trámites, llenaban de color las aceras. Todas las calles camino al departamento de Policía estaban atestadas de autos. David sintió como un insulto que al resto del mundo le importara tan poco lo que había ocurrido ayer. Pero también la cotidianidad y la monotonía venían a recordarle una verdad innegable: la vida continúa.
Al llegar, había una gran cantidad de periodistas fuera.
—Seguro es por lo ocurrido ayer —pensó, y eso le hizo sentir un poco mejor, un poco de justicia entre todas las cosas.
Pero al bajar del automóvil nadie le hizo ninguna pregunta; nadie lo reconoció y, en vez de eso, fue terriblemente ignorado.
Estaba desconcertado.
Pasó su placa por el detector de la puerta y notó que se había generado una alerta con su nombre.
No le dio importancia y fue a hablar con su capitán.
El departamento de Policía lucía alterado; algo estaba pasando y no tenía nada que ver con Álvaro Retamal.
El capitán, Eugenio Salgado, un hombre grande, de piel morena, pelo cano y manos grandes y velludas, estaba en la sala de conferencias y todo el mundo parecía dirigirse allí.
David siguió a las masas.
Sus compañeros tenían caras de preocupación, pero tampoco parecían saber qué estaba pasando. Unos metros más allá, David vio a Mia, la psicóloga.
Habían hablado ayer por la tarde, pero no fue la gran cosa. David se limitó a repetir que estaba bien porque solo quería salir de allí y estar solo, meditando sus culpas y lamiendo sus heridas. Quizá había sido un poco hermético con aquella chica; al final, ella solo hacía su trabajo.
De pronto, la luz se fue y todos guardaron silencio en la sala de conferencias.
—Gracias a todos por venir —dijo el capitán—. Primero escucharemos el reporte de Mary Shelley y después se asignarán las tareas. Mary Shelley, por favor.
Junto al capitán apareció una proyección holográfica de una mujer joven, vestida con un traje de dos piezas de corte formal, el cabello tomado hacia atrás y con un rictus serio.
Mary Shelley era la inteligencia artificial del departamento de Policía. Tenía acceso a todos los archivos, registros, cámaras de seguridad, informes, etc. También podía conectarse con las IAs de otros departamentos, como los de trabajo, transporte, registro civil, salud, economía, etc. Era parte de un gran entramado multicomunicacional que servía para agilizar la burocracia y facilitar el trabajo de los investigadores humanos.
Mary Shelley comenzó su exposición y todos prestaron atención.
Anoche, a las 00:41, despegó el vuelo internacional 370 de Anailand Airlines con destino a Eurasia. No reportó problemas.
Frente a ella, la imagen de un mapa del planeta mostraba la ruta que había tomado el avión.
—Su última comunicación se efectuó a las 01:19: un mensaje estándar de despedida de la torre de control. No se detectaron alteraciones en la voz del piloto ni en los parámetros de cabina.
A las 01:21, el vuelo 370 desaparece de los radares civiles.
Mary Shelley hizo una pausa.
—El transpondedor dejó de emitir en ese mismo instante.
La proyección cambió. La ruta del avión quedó congelada en un punto.
—No se ha registrado señal de emergencia.
No se ha emitido código de secuestro.
No se ha recibido comunicación posterior.
—En condiciones normales, la pérdida simultánea de comunicación y transpondedor es un evento altamente improbable.
La inteligencia artificial guardó silencio para que todos los presentes pudieran asimilar la información.
—A esta hora, se desconoce la ubicación de la aeronave.
David recordó el noticiero, las imágenes de ese avión que se repetían una y otra vez. Ahora todo tenía sentido.
—Muchas gracias, Mary Shelley —dijo el capitán—. A continuación, tenemos al director del aeropuerto en pantalla para esclarecer algunas dudas.
En ese momento, un hombre gordo, de cuello corto y de mal aspecto apareció en la pantalla del fondo de la sala de conferencias.
—Buenos días a todos —empezó diciendo—. Primero debo comunicar que no hemos recibido ninguna petición de rescate. Pero no hemos descartado un secuestro.
Todos los presentes en la sala se acomodaron, nerviosos.
—Dijeron que el avión desapareció de los radares, ¿cómo? —preguntó un oficial.
—El transpondedor dejó de emitir señal —respondió el director.
—¿Lo apagaron? —preguntó otro.
—No. El transpondedor no puede apagarse de forma convencional; debe ser intervenido manualmente. En términos simples, debe arrancarse del panel del avión.
—¿Puede ser hackeado?
—No. La inteligencia artificial del avión tiene comprobaciones redundantes; es casi imposible de hackear —el director dudó un segundo—. Podría hacerse por fuerza bruta, pero se necesitaría mucho más tiempo, y las horas no cuadran.
—¿Cuántos pasajeros iban?
El director pasó su mano por la frente, visiblemente frustrado.
—Doscientos treinta y cuatro civiles y seis miembros del personal de cabina: un capitán, un primer oficial y cuatro sobrecargos —contestó.
El mapa con la ruta del avión aún seguía flotando en el aire, con la última ubicación conocida parpadeando en un tono naranja.
—¿Mal funcionamiento?
—El avión estaba en perfectas condiciones: todo en regla, mantenciones al día y la IA actualizada.
—Muy bien —dijo en tono enérgico el capitán de la policía—. Formaremos equipos. Tú, tú y tú —empezó a señalar gente—, al aeropuerto. Quiero que hablen con los controladores humanos y revisen los informes digitales. Tú, tú y tú, hablen con el gobierno; quiero saber si esperaban algún acto de terrorismo. Tú, tú y tú, los pasajeros: lleven a los novatos. Son 234 personas y quiero saberlo todo.
Tú y tú, el personal de cabina, lo mismo. Tú, prepara un comunicado.

—El resto de ustedes puede continuar con sus tareas, pero sepan que este caso tiene máxima prioridad. Si surge algo, dejen lo que estén haciendo y atiendan esto, ¿entendido?
Todos asintieron y leves murmullos llenaron la sala.
—Muy bien, ¡a trabajar! —El capitán dio una palmada. La reunión se dio por terminada y todos salieron con sus instrucciones indicadas, todos menos David, quien se aproximó a su capitán con rapidez.
—Capitán, yo no tengo tarea —le dijo al tiempo que llegaba a su lado, esquivando a algunos compañeros.
—Vallejos, usted continúe con lo que estaba haciendo.
El capitán empezó a caminar con pasos largos y rápidos. David lo siguió.
—Estaba de descanso en mi casa, señor.
—Exacto —sentenció el hombre.
—Pero, capitán…
—Vallejos, tengo a los del sindicato encima mío, asuntos internos y a la psicóloga, todo por su culpa. Así que no me moleste más y vaya a beber a su casa o lo que sea que haga en su tiempo libre.
—¿Asuntos internos? —pensó David—. Pero, capitán, necesito hacer algo…
—No depende de mí, Vallejos. La psicóloga no ha autorizado su vuelta —lo interrumpió el capitán.
—¿Qué? —David parecía no entender—. ¿Ella puede hacer eso? —recordó la alerta al ingresar ese día.
—Sí que puede.
El capitán ya había llegado a su oficina y se había plantado en la puerta. No tenía intención de dejar entrar a David, así que la conversación concluía ahí mismo.
David lo notó al instante.
—¿Y si hablo con ella?
—Eso debió hacerlo ayer, Vallejos.

David se dirigió a la oficina de Mia, la psicóloga. Entró de forma atropellada, sin pensar demasiado.
—¡Necesito que me autorice para volver a mi trabajo! —dijo David, muy alterado.
Mia se sobresaltó.
—¿Por qué?
—¿Por qué? ¡Hay un avión desaparecido! ¿Le parece poco? —David empezaba a perder la paciencia.
—Y eso le importa demasiado, al parecer —respondió ella.
Mia aparentaba estar tranquila, pero por dentro estaba muy nerviosa. Intentaba dominar la conversación y le estaba costando.
—Mire —comenzó David—, sé que ya tuvimos esta conversación ayer, y ayer le dije que estoy bien. Ahora lo que necesito es ocupar la cabeza en algo. Todos mis colegas están en un caso importante, de máxima prioridad, y yo quiero participar.
—Señor Vallejos…
—David —interrumpió él.
—¿Perdón?
—Me llamo David —él pensaba que mostrarse cercano podía ayudar a conseguir lo que quería.
—Lo sé, hablamos ayer.
David se sintió como un tonto.
—David, necesita tiempo para procesar todo lo que está pasando. Usted me dijo que con Álvaro eran amigos, y en lo que estuvo involucrado… es… —Mia buscó con cuidado las palabras— muy complejo.
Mia sabía que la negación es un proceso natural, pero intuía que había algo más.
—Era mi amigo —reconoció David—, pero ya no está. No hay mucho que se pueda hacer al respecto.
—Pero usted debe sentirse muy mal. No es bueno reprimir todo eso.
Mia intentó conciliar.
—Estaré bien —sentenció David—. Solo deme algo que hacer.
—Las buenas personas no pueden estar bien después de pasar por lo que usted pasó —dijo Mia.
—¿Y quién le dijo a usted que yo soy una buena persona?
Las palabras calaron hondo en ella. Aquel hombre era un muro. Estaba bien intentar conciliar, pero si quería avanzar con David debía tomar otro enfoque. Negarse de esa forma al proceso se sentía antinatural.
David miró con desprecio a Mia, enojado porque su futuro laboral dependiera de una chica a quien él no conocía y que, por sobre todo, no lo conocía a él.
Se dio media vuelta y salió de la oficina.
Mia no dijo nada.
Se quedó en silencio, observando la puerta cerrada.

David caminó en silencio, intentando tranquilizarse. Había sido muy hostil con Mia y no podía repetir lo mismo con su jefe.
Al llegar a la puerta, escuchó la voz del capitán al teléfono. Eso era bueno, aún estaba allí.
Entró sin avisar y vio cómo el capitán colgaba el auricular y presionaba un botón.
—Ya me dijeron —el capitán miró con desaprobación a David.
Mia se le había adelantado; lo había llamado y quién sabe qué le habría dicho.
—Señor, esa chica no me conoce, no sabe nada de mí, y de verdad no necesito esto. Solo quiero hacer mi trabajo.
—Ella dice...
—¿Qué va a saber ella, señor? Si parece que fue ayer que se graduó de la escuela... Mire... Yo...
—Voy a detenerlo ahí mismo, Vallejos —interrumpió el capitán—, antes de que diga o haga algo realmente estúpido. Estoy con la mierda hasta el cuello. Usted, en este momento, es la menor de mis preocupaciones: es mínimo, casi no existe. Así que, por favor, deje de molestar con trivialidades.
La imagen volvió a golpear la mente de David.
—Patricia —pensó.
—Mire —continuó el capitán—, usted me cae bien, de verdad, pero cree que el mundo le debe algo por alguna genialidad que aún no tiene. Y si sigue siendo un cretino, nunca la tendrá. La señorita psicóloga solo hace su trabajo y, le guste o no, ella decide. Ahora bien... la terapia ya no es opción: debe tomarla, y esa es una orden.
David echó a andar su cerebro.
—¿Puede hacerse de forma remota? —preguntó.
—¿Cómo así? —el capitán parecía no entender.
—Remota. Ella aquí, yo allá. Sesiones cortas mientras voy en el auto a los sitios que tenga que investigar. Así aprovecho los traslados y puedo ayudar con el caso.
—¿Eso puede hacerse? —preguntó el capitán.
—Yo creo...
—Puede funcionar —interrumpió Mia a través del teléfono.
David cerró los ojos, frustrado. Había estado en llamada todo este tiempo, así que había escuchado todo.
—¿Este día puede ponerse peor? —pensó.
—Terapia remota será —sentenció el capitán—. Hable con Ramírez, divídanse las tareas. Salga de mi oficina y encuentren ese maldito avión.
David sonrió. No era una victoria, ni media victoria siquiera, pero era mejor que nada.
E iba a aferrarse a eso.