Álvaro había vuelto a olvidar tomar su medicamento. Tenía muy asociado hacerlo junto con el café de la mañana, pero como se había acabado hace dos días, lo olvidó.
Recién lo recordó cuando le entregaron el vaso en el Starbucks, de camino al trabajo.
No estaba lejos de su casa, y era mejor volver ahora. Cuando no tomaba sus pastillas, se sentía algo extraño: con una leve presión en el pecho, nervioso por momentos. Dos días sin su medicamento era su límite.
Mientras esperaba la luz verde, creó un recordatorio en el asistente.
—¿Figo? —preguntó.
—Sí, señor —contestó el auto.
—Recuérdame comprar café la próxima vez que esté en el supermercado.
—Sí, señor.
El auto creó un recordatorio con el ícono de un mensaje enlazado a un ícono de GPS. Con eso estaba seguro de que no lo olvidaría; había estado distraído este último tiempo.
Patricia, su esposa, que el día anterior había salido todo el día con sus amigas, también lo había olvidado.
Patricia debía estar dormida. Se levantaba tarde, ya que solo se ocupaba del hogar y tenía tiempo de sobra. El departamento no era grande y no tenían hijos.
Habían realizado los trámites de postulación para tenerlos, pero no fueron seleccionados. Era el destino el que parecía querer que ese matrimonio no tuviera descendencia. A pesar de ello, siguieron juntos.
Tomó la curva con cuidado y se dirigió directamente hacia la torre 3. Era un barrio sencillo, modesto; lo que su salario de policía le permitía pagar.
Las áreas verdes eran más bien escasas; los juegos infantiles, algo oxidados, estaban rodeados de negocios y almacenes donde se podía encontrar desde comida hasta productos de tecnología, pasando por ropa y licores.
Álvaro entró en silencio. La cerradura electrónica se abrió sin emitir sonido cuando apoyó su pulgar sobre la placa metálica.
Entró despacio, mientras intentaba recordar dónde había dejado sus pastillas. Rogó a los dioses que esta vez no las hubiera dejado en su mesa de noche.
Revisó la cocina, el living, el comedor e incluso el baño. Nada.
Resignado a su mala suerte, se dirigió al dormitorio.
Debía ser ágil, rápido y sutil como un gato; ya había perdido suficiente tiempo, y no era la idea llegar otra vez tarde.
Al llegar a la puerta, escuchó la voz de Patricia. Estaba despierta y grabando un video. Un saludo, al parecer.
Vestía un camisón de gasa blanco, semitransparente, con tiras finas y detalles bordados. Había sido un autoregalo que ella se hizo para un aniversario. Álvaro no podía recordar si fue el décimo o el undécimo.
Tenía el pelo suelto, más bien desordenado, de una forma sexy.
Patricia, a pesar de ser una mujer normal, tenía una belleza propia, un aire de actriz que resaltaba sus rasgos. Sostenía el teléfono frente a su cara mientras decía un saludo con una voz entre ingenua y juguetona.
—Te extraño. Ya quiero que estés aquí. Cuídate mucho. Te amo.
Álvaro sintió una leve cosquilla en el bajo vientre. Una ternura agradable y algo de deseo también.
Rápidamente sacó su teléfono para que, cuando llegara el video, el sonido de la notificación no alertara a Patricia de que él estaba allí. Pulsó el botón del volumen y abrió la aplicación de mensajería.
Se quedó mirando la pantalla, esperando que llegara el mensaje.
Y esperó...
y esperó...
David estaba llegando a la torre 3.
Cuando, al dar la curva, vio la patrulla que estaba frente al edificio, aceleró hasta llegar y bajó apresurado.
Dos oficiales esperaban fuera del auto policial, decidiendo si debían entrar; ambos demasiado cobardes como para ingresar y comenzar a revisar un edificio piso por piso, buscando a algún pistolero.
David detuvo su auto y bajó apresurado.
—¿Qué hace usted aquí? —preguntó el primer oficial al recién llegado.
—Teniente David Vallejos —dijo—. ¿Qué pasó?
—Recibimos un reporte confuso: unos gritos y unos disparos, hace unos diez minutos, según los vecinos —contestó el segundo oficial.
—En esta torre vive Álvaro Retamal, el teniente.
Ambos oficiales cruzaron miradas.
—Lo conocemos —dijo uno.
David sacó su teléfono, buscó el número de su amigo, presionó el botón y esperó mientras sonaba el tono de llamada.
Justo en ese momento, el teniente Álvaro Retamal salía por el umbral del edificio.
Era alto, de piel color canela, cabello corto estilo militar, hombros anchos, manos grandes.
Caminaba desorientado, lucía perturbado, con los ojos idos y la cara cubierta de sangre.
Los dos oficiales, al verlo, instintivamente sacaron sus armas —unas Glock 19— y apuntaron al teniente Retamal.
David saltó exaltado para imponer calma.
—¡Oigan! ¡Oigan! Es Álvaro, tranquilos —dijo mientras llevaba su mano derecha hacia su arma y mantenía la izquierda en alto, para que no hicieran nada.
Los oficiales bajaron sus armas, algo más calmados.
—Ella... —balbuceó Retamal.
Los tres se giraron. Miraron a Retamal a la cara, luego a su mano derecha: tenía su arma.
Los dos oficiales y el teniente David Vallejos apuntaron a Retamal.
—Álvaro, amigo... ¿dónde está Patricia? Se oyeron disparos. ¿Dónde está ella?
—Ella... tenía una aventura —dijo al fin Álvaro.
—Oye, está bien, tranquilo —dijo David—. ¿Dónde está Patricia? —agregó.
—Teniente, ponga el arma en el suelo —dijo un oficial.
—Momento, chicos, tranquilos... —David sentía la tensión en el aire.
—¡El arma al suelo! —gritó el segundo oficial.
—Ella... —Álvaro dio un paso, y por un segundo pareció levantar su arma.
Los oficiales alzaron sus pistolas.
—¡Teniente! ¡Ponga el arma en el suelo!
—¡Al suelo ya mismo! —gritó el otro.
—Álvaro, suelta esa arma ahora.
El teniente Álvaro Retamal estaba ido. Los oídos le zumbaban, y el sonido le llegaba como si atravesara una burbuja de agua. Solo distinguía balbuceos, borrones deformes de blanco, negro y gris.
El corazón le latía tan fuerte que podía sentir las palpitaciones en sus sienes.
Tenía en su cabeza el rostro de Patricia.
—¿A quién le enviaste ese video? —había preguntado Álvaro.
—¿Qué haces aquí? —Patricia estaba en shock.
—Patricia... ¿a quién le enviaste ese video? —insistió él.
—No sé de qué...
Con un movimiento rápido, él le arrebató el aparato de las manos. Ella intentó recuperarlo y, luego de un forcejeo, Álvaro la empujó a la cama.
Mientras buscaba en los mensajes, vio que el destinatario no tenía foto, ni nombre ni alias. Solo una serie de números que no podía reconocer.
Se fijó en uno de los últimos mensajes: la pasé muy bien ayer.
—¿Ayer? —pensó—. ¿De quién es este número? —gritó.
—Amor, yo...
Presionó el botón de llamada y esperó con el teléfono pegado a la oreja.
Nada.
Álvaro apretó fuerte el teléfono de Patricia y lo estrelló contra el muro, preso de la rabia.
El aparato se rompió en mil pedazos, diseminando circuitos y esquirlas de vidrio por todo el lugar.
—No me tomes por tonto, Patricia. No se te ocurra...
Álvaro levantó el puño, apretando con tanta fuerza que los nudillos se le habían puesto blancos.
—¿No era para mí? Ya me di cuenta. ¿Para quién era? ¿Me estás engañando?
Patricia se tomó su tiempo. Estaba dividida entre confrontar con la verdad o intentar otra cosa; estaba desbordada.
—¿Cuánto más crees que esto iba a durar, ah? Casi no hablamos, no salimos, no hacemos nada. Ya ni me tocas. Ni siquiera calificamos para que nos dejaran tener hijos. ¿Cuánto más creíste que esto iba a durar, ah?
Pero la verdad es que Álvaro no lo había pensado. Él creía que la relación estaba bien. No como en los años más felices o más fogosos, pero bien.
Nunca había considerado que Patricia pudiera estar sufriendo en silencio. ¿Se podía ser tan ciego? ¿Estar con alguien a quien uno mismo había llevado al abismo sin notarlo? No... no podía ser solo su culpa. O no toda, al menos.
—¿Pero engañarme? —preguntó él.
Patricia lo miró desafiante.
—Una hace lo que tiene que hacer para estar bien —respondió ella.
Álvaro le sostuvo la mirada.
—Uno hace lo que tiene que hacer para estar bien —repitió él.
Patricia le sostuvo la mirada por unos segundos; entonces lo vio: la mirada cargada de odio de Álvaro.
Algo estaba terriblemente mal.
—¡Casa, llama a emergencias! —gritó ella.
—Llamando —respondió al instante una voz digital que salía de todas partes.
Y él se abalanzó sobre ella.
—¡Teniente! ¡Última advertencia! ¡Baje esa arma!
—Álvaro, por favor... deja ya todo este escándalo. Baja esa arma.
—¡El arma al suelo ya! —dijo el otro.
Fue durante menos de un segundo.
El teniente Retamal levantó su pistola, sin ánimo de herir a nadie.
David nunca supo quién hizo el primer disparo. Solo sintió cómo, por instinto, él también apretaba el gatillo.
Cuando al fin pudo entender lo que había pasado, vio a su amigo tirado en el suelo.
La sangre salía a borbotones, espesa como el sirope, tibia como el sol de la mañana.
Pudo ver en sus ojos cómo la vida se le escapaba. Todo lo que lo hacía especial, único, abandonaba su cuerpo para dejar solo una carne ajada y sanguinolenta.
Corrió hasta la puerta del departamento mientras los oficiales pedían una ambulancia, por muy inútil que pareciera.
Uno a uno, los vecinos curiosos asomaban la cabeza para tratar de entender qué había sucedido, con quién y quizá por qué.
David tuvo que empujar a algunos cuando llegó al departamento. Estos, al verlo, se apartaron rápido de la entrada.
David recorrió todo hasta llegar al dormitorio.
Ahí estaba Patricia, con media cabeza destrozada y trozos de cerebro salpicando el muro.
La imagen se le encarnó en la memoria.
Luego de volver a la central, intentó llenar su informe. Se tomó su tiempo, tratando de recordar los detalles. La imagen de Patricia golpeaba su mente. Intentó distraerse con un café, un paseo y una salida a tomar aire al techo del edificio.
David pasó a hablar con su jefe; era necesario.
El capitán del departamento de Policía le dio ánimos, por muy inútiles que resultaran. Le dio permiso por un par de días, para que pudiera reflexionar y descansar, pero antes debía pasar por la psicóloga.
David caminó por el departamento de Policía, deambulando como un fantasma.
Algunos hablaban por lo bajo: rumores y comentarios, murmullos y susurros.
Llegó fuera de la oficina de la psicóloga, respiró hondo y entró.
Mía era una chica joven de gran corazón. Tenía unos kilos de más, pero lo disimulaba con ropa de diseños que acentuaban su figura.
Se había graduado hace unos años de la universidad y hace poco se había especializado en atender policías. Había atendido algunos casos de estrés postraumático tras tiroteos, pero nunca, en su corta carrera, le había tocado un caso en que un policía hubiera disparado a otro. Y menos con resultado de muerte. Tendría tres esa tarde.
Para David fue un mero trámite.
Contó brevemente sobre su relación con Álvaro, la amistad que mantenían desde hace años, las vacaciones, las navidades, y cómo era prácticamente un hermano para él.
A pesar de eso, se mostró estoico. Una parte de él había bloqueado las emociones porque tenía muchas cosas que hacer. Y otra parte solo quería dejar de hablar, estar en la paz del silencio.
David aseguró estar bien y salió de la oficina.
Mía, la psicóloga, no estaba satisfecha.
David no quería conducir. No sentía que fuera capaz de tomar el control de algo en ese momento y tampoco confiaba del todo en el piloto automático del auto.
Caminó lento hasta la entrada del subterráneo, repasando ideas y emociones.
Una vez sentado, se perdió mirando por la ventana. Santiago era una ciudad hermosa, con sus detalles, pero hermosa.
Sacó su teléfono, conectó sus audífonos y buscó en la aplicación de música. Bajó y bajó sin encontrar nada. Luego, en los favoritos olvidados, se decidió a escuchar un tema: Formentera, de Metric.
La música y la monotonía del viaje, las caras apagadas de los viajeros sumidos en sus pantallas, lo reconfortaron. Nadie estaba pendiente de él. El vaivén del tren eléctrico arrulló su cuerpo cansado. Se sintió bien. Adormilado.
Llegó a su casa casi de forma automática.
David pulsó el pulgar en la placa metálica, entró a su departamento y se derrumbó en el sillón.
El lugar no era gran cosa. Un espacio básico, sin excentricidades, colores aburridos y una decoración descafeinada.
Se inclinó hacia atrás y, luego de unos segundos y un suspiro, se levantó y fue por un trago.
Se lo sirvió doble, porque la situación lo ameritaba.
Miró el hielo flotando, sumergido en el alcohol.
Volvió al sillón. Encendió el televisor y miró al techo. La luz intermitente del aparato lo hipnotizó unos minutos.
Apuró el contenido del vaso y se levantó para servirse otro.
Aún todo lo ocurrido en la mañana le parecía inverosímil.
Era un acontecimiento tan ajeno que le costaba asumir que había sido su amigo, su amigo Álvaro... y Patricia.
David dejó de perder el tiempo y fue hasta su dormitorio. Bajo la almohada, escondido, tenía un segundo teléfono.
Lo sostuvo con calma unos segundos, como dudando.
Lo desbloqueó con un patrón muy rebuscado y revisó las notificaciones.
Tenía una llamada perdida y un mensaje.
Abrió la aplicación y presionó el botón de play.
—Te extraño. Ya quiero que estés aquí. Cuídate mucho. Te amo.
David se derrumbó en el suelo y comenzó a llorar.