martes, 14 de julio de 2026

Stasis

Llevo varios días extraño. Seguro es el invierno.

Siento... siento que necesito llorar, pero no puedo, no me sale.

Los días han sido normales, sin mayores sobresaltos y con las cosas típicas del día a día. Casi todos son iguales. De vez en cuando ocurre algo, algo que me saca de la monotonía. Y se siente bien.

Ojo, que a mí la monotonía me gusta; me resulta cómoda, me hace sentir seguro, pero a veces es bueno sentir algo distinto. El otro día, un pensamiento algo cruel, algo de humor negro, me mantuvo riéndome por minutos. Fue tan absurdo... pero necesario.

Trato de evitar las miradas lastimeras. Sus ojos apuntaban hacia mí como si tuviera alguna enfermedad terminal, como si fuera un inválido intentando volver a sentarse en su silla. Y no, no tengo nada de eso. Solo que, como cada año, no tenía ganas de celebrar mi cumpleaños. No es la gran cosa, solo me mantuve vivo mientras el planeta Tierra daba una vuelta al Sol. No es la gran cosa, no tiene mérito y, según yo, no merece ser celebrado.

Pero ella tenía esos ojos, sintiendo lástima por mí. No me gusta esa sensación...

sábado, 21 de marzo de 2026

perfidia 4

Mía despertó intranquila. No solía llevarse a casa los casos que estaba tratando, pero este era algo distinto: se trataba de David.
Seguían dando vueltas las palabras de él, y ella aún no lograba formarse una idea clara de cómo abordarlo, de cómo poder ayudarlo.
El café, que siempre era un espacio de reflexión e introspección, no le ayudó como en otras ocasiones. No teniendo nada más que hacer en su casa, decidió ir temprano a la oficina.
Había mucho movimiento en el departamento de policía. No habían tenido avances significativos en el caso del avión, pero ella tenía otras cosas en las que pensar y, aunque le costara reconocerlo, necesitaba ayuda.
Y él siempre estaba para ayudarla.
Mía cerró la puerta de su oficina con más cuidado del necesario. Se quedó unos segundos de pie, con la mano aún apoyada en la manilla, como si necesitara asegurarse de que el mundo al otro lado no fuera a entrar de golpe.
Exhaló.
No tomó asiento de inmediato. Caminó hasta el escritorio, ordenó un par de papeles que no necesitaban orden, alineó un lápiz con el borde, y recién entonces se permitió detenerse.
Miró su teléfono.
Dudó un segundo antes de marcar.
El tono sonó dos veces.
—¿Mía? —contestó una voz grave, calmada, al otro lado.
—Sí… perdón por llamar tan temprano —se disculpó.
—Si me llamas, es por algo.
Hubo un breve silencio.
—Necesito hacerte una pregunta —dijo ella.
—Te escucho.
Mía apoyó la cadera contra el escritorio, cruzó los brazos sin darse cuenta.
—¿De dónde viene la maldad?
Del otro lado no hubo respuesta inmediata.
—Esa no es una pregunta clínica —respondió él al fin—. Es una pregunta personal.
—Lo sé.
—Entonces reformúlala.
Mía apretó los labios.
—¿Cómo sabes si alguien es capaz de hacer daño… y no detenerse?
Su mentor guardó silencio unos segundos más, como si ordenara las palabras antes de soltarlas.
—Todos somos capaces de hacer daño —dijo finalmente—. La diferencia está en lo que hacemos después.
Mía bajó la mirada.
—¿Y si no hay un “después”?
—Siempre lo hay —respondió él—. Aunque sea interno.
Mía caminó lentamente por la oficina.
—¿Incluso si la persona… no siente culpa?
—La culpa no siempre se siente como culpa.
Ella frunció el ceño.
—Explícate.
—A veces aparece como rabia. O como justificación. O como una necesidad constante de tener la razón.
Mía pensó en David. En su tono plano. En la forma en que había dicho las cosas, sin temblar.
—¿Y si no hay nada de eso? —insistió—. ¿Si la persona entiende lo que hizo… pero no le afecta?
—Entonces no estás frente a la ausencia de culpa —dijo su mentor—. Estás frente a alguien que aprendió a desconectarse de ella.
El silencio volvió a instalarse.
Mía se detuvo.
—¿Eso se puede revertir?
—A veces.
—¿Y cuándo no?
Hubo una leve exhalación al otro lado de la línea.
—Cuando la desconexión dejó de ser un mecanismo… y se volvió parte de quién es.
Mía tragó saliva.
—Estoy viendo a alguien —dijo finalmente—. Un caso complicado.
—Todos lo son.
—Este no… no encaja.
—¿En qué sentido?
Mía dudó.
—Sabe lo que hizo. Puede explicarlo. Puede incluso reconocer que está mal… pero no hay quiebre. No hay peso.
Su mentor no respondió de inmediato.
—Ten cuidado —dijo al fin.
Mía levantó la mirada.
—¿Por qué?
—Porque esas personas no siempre buscan ayuda para cambiar.
—¿Entonces para qué?
—Para entenderse.
—¿Y eso es malo?
—No —dijo él—. Pero puede ser peligroso… si tú empiezas a entenderlos demasiado bien.
Mía sintió un leve nudo en el estómago.
—No estoy cruzando ningún límite —dijo, más rápido de lo que habría querido.
—No dije que lo estuvieras haciendo.
Silencio.
—Solo recuerda esto —agregó él—: empatizar no es lo mismo que justificar.
Mía cerró los ojos un instante.
—Lo sé.
—¿Lo sabes… o lo estás olvidando?
No respondió.
Miró hacia la puerta cerrada de su oficina.
Por un segundo, pensó en David sentado frente a ella. En su voz. En la forma en que había hablado de todo… como si no le perteneciera.
—Mía —dijo su mentor—.
—Sí.
—No intentes responder todavía de dónde viene la maldad.
Ella esperó.
—Primero asegúrate de reconocerla cuando la tengas delante.
La llamada terminó poco después.
Mía dejó el teléfono sobre el escritorio.
Esta vez no intentó ordenar nada.
Se quedó de pie, en silencio, con la sensación incómoda de que algo había cambiado.
Y de que, tal vez, ya era demasiado tarde para no verlo.

viernes, 20 de marzo de 2026

Perfidia (parte 3)

Ramírez, quien era conocido por hacerle el quite al trabajo, le había pasado cuatro de las seis personas que tenía que investigar a David. Este último no protestó.
Debía organizarse para poder visitar las cuatro casas lo antes posible, algunas de ellas ubicadas lejos e incluso fuera de la ciudad.
Decidió comenzar por la más lejana.
Fabienne Celestine, una mujer joven de descendencia haitiana, vivía en una casa en la zona rural más cercana a la ciudad, en las afueras.
La vivienda se levantaba a un costado de un camino de tierra, de esos que en verano levantan polvo y en invierno se vuelven barro espeso. No había reja ni portón, solo una entrada abierta marcada por el paso constante de pies y neumáticos.
Era una construcción simple, de un piso, hecha en su mayoría con madera envejecida y planchas de zinc que reflejaban la luz con un brillo opaco. El techo, levemente inclinado, estaba asegurado con piedras en algunos bordes, como si el viento ya hubiera intentado llevárselo más de una vez.
El patio era de tierra firme, sin pasto, con algunas zonas endurecidas por el uso. A un costado había un par de sillas plásticas descoloridas y una mesa baja, improvisada con tablones. Más allá, un cordel tensado entre dos postes sostenía ropa que se movía lento con la brisa: camisetas, pantalones, telas de colores vivos, ya algo gastados.
Cerca de la entrada, una olla grande descansaba sobre un fogón hecho con piedras. Aún conservaba cenizas recientes. El aire tenía un leve olor a carbón y comida especiada, impregnado en la madera, en la ropa, en el suelo mismo.
La puerta principal estaba entreabierta. No había timbre ni cerradura visible, solo una cortina delgada colgando por dentro, que se movía apenas con el viento, dejando ver fragmentos de la penumbra interior.
Desde fuera, la casa transmitía algo contenido: una vida ordenada dentro de lo mínimo, sin adornos innecesarios, sin pretensiones. Todo parecía tener un uso claro, un propósito inmediato.
David se detuvo unos segundos antes de acercarse.
Miró alrededor: el silencio del sector, el crujido lejano de alguna madera, el murmullo del viento arrastrando polvo por el camino.
Había algo que no terminaba de encajar.
Revisó mentalmente la ficha: Fabienne Celestine, tripulante de cabina en una aerolínea comercial. Habituada a pasillos iluminados con luz blanca, superficies pulidas, protocolos precisos, voces medidas. Un entorno donde todo tenía una lógica clara, casi mecánica.
Y, sin embargo, estaba ahí.
Frente a una casa que parecía levantada a pulso, con lo justo, expuesta al clima y al desgaste. Sin ruidos electrónicos, sin señales de tecnología visible, sin nada que recordara el mundo del que, en teoría, ella formaba parte.
David frunció levemente el ceño y avanzó un par de pasos sobre la tierra dura del patio.
No era solo la diferencia; era la distancia entre ambos mundos. Como si pertenecieran a realidades distintas que, por alguna razón, se tocaban en ese punto exacto.
Pensó en los vuelos, en la altura, en la presión controlada dentro de la cabina. En la rutina de servicio, en las sonrisas entrenadas, en la pulcritud obligatoria.
El suelo crujió bajo sus zapatos.
Volvió a mirar la casa: la madera gastada, el zinc, el polvo suspendido en el aire.
Había algo ahí que no cuadraba.
O quizás sí.
Quizás era precisamente eso: dos vidas distintas sostenidas por una misma persona. Una arriba, contenida y perfecta. Otra abajo, simple, directa, sin filtros.
David no sabía cuál de las dos era la verdadera.
Se detuvo frente a la puerta entreabierta y observó la cortina moverse suavemente.
Luego alzó la mano y golpeó.
No hubo respuesta, así que se decidió a entrar.
La casa, por dentro, combinaba perfectamente con el exterior: una sencillez muy arraigada en su cultura. Una mujer que intentaba mantener su crianza a pesar de la tecnología en la que estaba inmersa su vida.
Desde luego, el interior no reflejaba que la chica pudiera participar en un grupo terrorista, lo que le daba a David la intuición de que ella era solo una víctima más.
Mientras contemplaba ese mundo anclado en el pasado, el sonido de su teléfono lo sacó de ese estado, recordándole de dónde venía y lo que estaba haciendo. Era Mia.

El sostuvo el aparato mirando la pantalla, intentó hacer las cosas bien, suspiró y presionó el botón.
David fue el primero en hablar.
—Primero que todo, quiero pedir disculpas.
Mia esperó en silencio.
—No son necesarias —contestó al fin.
—Para mí sí —dijo él.
—Está bien, disculpas aceptadas. 
Ambos guardaron silencio. 
—Comencemos de nuevo —propuso ella. 
—Me parece perfecto —aceptó David.
El olor a especias impregnado en el interior del hogar le recordó a David que no había comido nada desde la mañana, y eso ya lo estaba afectando.
Había pasado buena parte de la tarde y, con la cabeza puesta en otros sitios, se había olvidado de almorzar.
Mientras hablaba con Mia, comenzó a buscar algo que pudiera resultar interesante para su caso. No sabía muy bien qué, pero estaba seguro de que lo reconocería cuando lo tuviera enfrente.
—Háblame de lo que dijiste en la oficina —dijo Mia desde el otro lado del comunicador.
David guardó silencio. Se acomodó el auricular en el oído, profundamente afectado, como si las palabras le hubieran golpeado el pecho. Sus hombros se tensaron y tardó un segundo de más en responder.
—La verdad es que no me siento cómodo hablando de eso.
David deambulaba por la casa, mirando en el interior de cajones y debajo de las mesas.
—Tienes que hacerlo —insistió ella, sin elevar la voz—. Si no, nunca vamos a avanzar.
El silencio se estiró, denso, cargado de una incomodidad que parecía llenar la habitación. Al final, David dio un gran suspiro, asintió con la cabeza e intentó relajarse.
—Está bien… ¿qué quieres saber?
—Dime por qué crees que no eres una buena persona.
Sintió un nudo cerrársele en el estómago. La respuesta salió sin emoción, como algo repetido demasiadas veces en su cabeza.
—Porque no lo soy.
—Necesito algo más que eso. Tú lo sabes.
Apretó la mandíbula. Una presión antigua le subió por el pecho.
—Engañaba a mi mejor amigo. Me acostaba con su mujer.
Mia guardó silencio, tratando de asimilar lo que David le había dicho. Por un momento, todo cobró sentido.
Aunque Mia no podía verlo, David mantuvo la cabeza agachada, atrapado en una mezcla de vergüenza y cansancio.
—¿No es eso prueba suficiente? —agregó.
Mia guardó silencio. Como no podía verlo, se concentró en escuchar las más mínimas perturbaciones en su voz, como si intentara oír también lo que no estaba diciendo.
—No. Lo dices por algo más. Tiene que haber algo más profundo… algo en el pasado.
Respiró hondo. El aire le pesó en los pulmones. No estaba buscando comprensión ni absolución; solo quería vaciarse de algo que llevaba años pudriéndose por dentro.
David dejó de moverse y se concentró en sus pensamientos.
—Cuando éramos jóvenes, en el colegio, él era uno de mis mejores amigos.
—¿Álvaro? —preguntó Mia.
—Sí. Álvaro.
Las imágenes regresaron con una claridad incómoda: risas, tardes compartidas, promesas que nunca pensaron que podían romperse.
—De vuelta de un verano, ambos habíamos crecido —continuó—. Él más que yo. Tenía un cuerpo atlético y entró en el equipo de fútbol. Era relativamente bueno y captó la atención de algunos compañeros.
Un día empezó a juntarse con los chicos populares y, poco a poco, dejó de hablarme. No fue una pelea ni una traición abierta. Simplemente… desapareció de mi vida.
Sintió de nuevo esa vieja sensación de quedarse atrás, de no ser suficiente.
—Nunca más volvimos a ser amigos.
El silencio que siguió fue espeso, casi asfixiante. Sin embargo, algo en el pecho de David se sintió extrañamente libre: la contradicción de aceptar algo inmoral que, a todas luces, se sentía bien.
David tomó asiento en un sofá desgastado, cubierto de horribles diseños de flores descoloridas. Miró el techo con la mirada perdida.
Mia esperó al otro lado de la línea. Sabía que David era hermético y que no debía presionarlo; cualquier empujón en falso podía echar a perder el progreso que estaba haciendo con él.
—¿Y? —preguntó con suavidad.
David tragó saliva y continuó.
—Años después supe que su mamá estaba enferma. Muy grave. Todos decían que no iba a salir de esa.
Algo se tensó en su pecho al recordarlo.
—Volví a acercarme. Sabía dónde vivía. Fuimos amigos: conocía su casa, a su madre, a su familia. Lo encontré.
Hizo una pausa breve.
—Estuve ahí. Lo acompañé en el hospital, lo escuché, lo abracé cuando lloraba. Me quedé cuando los demás se iban.
Para él, nuestra separación había sido solo un proceso de la vida. No había nada de malo, nada que pedir perdón ni nada que perdonar.
—Todos pensaron que era un buen gesto. Que había dejado el pasado atrás.
Hizo otra pausa. Mia escuchaba, expectante.
—Pero no era verdad.
El aire pareció volverse más pesado.
—Yo no volví por él —dijo al fin—. Volví para verlo sufrir. Para ver cómo se le caía el mundo encima. Para sentir que, por fin, le dolía algo.
Cerró los ojos un instante antes de continuar, con la voz apenas audible:
—Mientras su mamá se moría, yo estaba ahí mirándolo… y una parte de mí se sentía satisfecha. Como si, de alguna forma, su pérdida compensara el abandono que me hizo sentir.
Todos esos años en los que apenas me saludaba con un movimiento de cabeza a lo lejos, las experiencias que no tuve con quién compartir, las fiestas a las que no fui… todo eso.
Una lágrima tímida recorrió el rostro de David.
No hubo alivio después de decirlo.
Tampoco arrepentimiento visible.
Solo un vacío incómodo, expuesto por primera vez.

—No volviste por él —dijo Mía en voz baja—. Volviste por lo que sentías cuando estabas con él.
David no respondió.
—Eso no te convierte en una buena persona —continuó—… pero tampoco en un monstruo.
Se detuvo un segundo.
—Te convierte en alguien que nunca resolvió lo que le hicieron.
David se puso de pie, pasó la mano por la nariz y retomó su búsqueda.
Mía no supo cómo seguir con el tema, y David agradeció que así fuera. Sin nada más que agregar, ambos colgaron la llamada.
Él siguió con la búsqueda: revisó cajones, rincones y los pocos documentos que estaban a la vista. El lugar, dada su simpleza, facilitaba la tarea. No había nada.
El sol comenzaba a menguar, así que decidió volver a la ciudad y, quizá de paso, comer algo.
Tomó unas fotos con su teléfono y salió del lugar.

jueves, 19 de marzo de 2026

perfidia 2

David despertó cerca de las nueve de la mañana, con un amargor en la boca, dolor en los ojos y el cuerpo cansado.
Le tomó un segundo entender dónde estaba y qué había pasado.
Se había dormido con la ropa puesta; en el suelo, un vaso derramado daba cuenta de su estado de ánimo de la noche anterior.
—Patricia... —pensó.
La imagen de su cabeza expuesta lo sacudió. Otra vez aquel pesar, otra vez esa gravedad que lo hundía en el sillón.
Sacudió la cabeza, se levantó y fue al baño a darse una ducha. Tenía uno o dos días de permiso, no lo recordaba, así que no estaba apurado.
El agua tibia reconfortó su cuerpo y pudo sacarse la pereza que lo aquejaba. Todo el día transcurría muy lento, casi irreal.
Salió del baño dejando un rastro de gotitas camino al dormitorio, encendió el televisor —más para hacer ruido que otra cosa— y se vistió.
En la pantalla del televisor, el CEO del aeropuerto Comodoro Jorge Torres, ubicado al poniente de la ciudad, hablaba algo que parecía importante; una tras otra, las imágenes de un avión se repetían en bucle, pero David no estaba prestando atención.
—¿Alan? —preguntó David a la nada.
—Sí, señor —respondió una voz electrónica que vino de todas partes.
—Averigua a qué hora será el funeral de Álvaro Retamal y su esposa. Consulta en la policía; ellos deben saber, o si pueden darte un estimado.
—Sí, señor —respondió Alan, la inteligencia artificial de la casa.
Luego de algunos segundos de comprobación, ya tenía la respuesta.
—Señor, las pericias han sido realizadas, pero los funerales de Álvaro Retamal y su esposa han sido cancelados de momento. Sus cuerpos se mantienen en stasis en dependencias de la policía hasta nuevo aviso.
—¿Por qué? —David estaba confundido.
—La policía ha emitido una alerta. Todos los funcionarios tienen una reunión de emergencia y sus labores han sido reasignadas.
—¿Yo también tengo que ir a esa reunión? —preguntó David.
—No, señor, su presencia no es esperada.
David frunció el ceño. Todo era muy extraño.
Se terminó de vestir, tomó sus llaves del auto y se dispuso a salir.
—¿Alan? ¿A qué hora es esa reunión? —preguntó David.
—Dentro de treinta minutos, señor —contestó el asistente.
Si salía ahora, llegaría con tiempo y, cancelados los funerales de sus amigos, no tenía muchas cosas más que hacer.
La intriga le sentó bien: ocupar su cabeza con ideas distintas a lo ocurrido la mañana anterior.
Salió rumbo a la policía sin despedirse de Alan.
El trayecto resultó tranquilo. La ciudad seguía su curso y todo el mundo parecía estar metido en sus asuntos. Transeúntes por todos lados, comprando cosas o haciendo trámites, llenaban de color las aceras. Todas las calles camino al departamento de Policía estaban atestadas de autos. David sintió como un insulto que al resto del mundo le importara tan poco lo que había ocurrido ayer. Pero también la cotidianidad y la monotonía venían a recordarle una verdad innegable: la vida continúa.
Al llegar, había una gran cantidad de periodistas fuera.
—Seguro es por lo ocurrido ayer —pensó, y eso le hizo sentir un poco mejor, un poco de justicia entre todas las cosas.
Pero al bajar del automóvil nadie le hizo ninguna pregunta; nadie lo reconoció y, en vez de eso, fue terriblemente ignorado.
Estaba desconcertado.
Pasó su placa por el detector de la puerta y notó que se había generado una alerta con su nombre.
No le dio importancia y fue a hablar con su capitán.
El departamento de Policía lucía alterado; algo estaba pasando y no tenía nada que ver con Álvaro Retamal.
El capitán, Eugenio Salgado, un hombre grande, de piel morena, pelo cano y manos grandes y velludas, estaba en la sala de conferencias y todo el mundo parecía dirigirse allí.
David siguió a las masas.
Sus compañeros tenían caras de preocupación, pero tampoco parecían saber qué estaba pasando. Unos metros más allá, David vio a Mia, la psicóloga.
Habían hablado ayer por la tarde, pero no fue la gran cosa. David se limitó a repetir que estaba bien porque solo quería salir de allí y estar solo, meditando sus culpas y lamiendo sus heridas. Quizá había sido un poco hermético con aquella chica; al final, ella solo hacía su trabajo.
De pronto, la luz se fue y todos guardaron silencio en la sala de conferencias.
—Gracias a todos por venir —dijo el capitán—. Primero escucharemos el reporte de Mary Shelley y después se asignarán las tareas. Mary Shelley, por favor.
Junto al capitán apareció una proyección holográfica de una mujer joven, vestida con un traje de dos piezas de corte formal, el cabello tomado hacia atrás y con un rictus serio.
Mary Shelley era la inteligencia artificial del departamento de Policía. Tenía acceso a todos los archivos, registros, cámaras de seguridad, informes, etc. También podía conectarse con las IAs de otros departamentos, como los de trabajo, transporte, registro civil, salud, economía, etc. Era parte de un gran entramado multicomunicacional que servía para agilizar la burocracia y facilitar el trabajo de los investigadores humanos.
Mary Shelley comenzó su exposición y todos prestaron atención.
Anoche, a las 00:41, despegó el vuelo internacional 370 de Anailand Airlines con destino a Eurasia. No reportó problemas.
Frente a ella, la imagen de un mapa del planeta mostraba la ruta que había tomado el avión.
—Su última comunicación se efectuó a las 01:19: un mensaje estándar de despedida de la torre de control. No se detectaron alteraciones en la voz del piloto ni en los parámetros de cabina.
A las 01:21, el vuelo 370 desaparece de los radares civiles.
Mary Shelley hizo una pausa.
—El transpondedor dejó de emitir en ese mismo instante.
La proyección cambió. La ruta del avión quedó congelada en un punto.
—No se ha registrado señal de emergencia.
No se ha emitido código de secuestro.
No se ha recibido comunicación posterior.
—En condiciones normales, la pérdida simultánea de comunicación y transpondedor es un evento altamente improbable.
La inteligencia artificial guardó silencio para que todos los presentes pudieran asimilar la información.
—A esta hora, se desconoce la ubicación de la aeronave.
David recordó el noticiero, las imágenes de ese avión que se repetían una y otra vez. Ahora todo tenía sentido.
—Muchas gracias, Mary Shelley —dijo el capitán—. A continuación, tenemos al director del aeropuerto en pantalla para esclarecer algunas dudas.
En ese momento, un hombre gordo, de cuello corto y de mal aspecto apareció en la pantalla del fondo de la sala de conferencias.
—Buenos días a todos —empezó diciendo—. Primero debo comunicar que no hemos recibido ninguna petición de rescate. Pero no hemos descartado un secuestro.
Todos los presentes en la sala se acomodaron, nerviosos.
—Dijeron que el avión desapareció de los radares, ¿cómo? —preguntó un oficial.
—El transpondedor dejó de emitir señal —respondió el director.
—¿Lo apagaron? —preguntó otro.
—No. El transpondedor no puede apagarse de forma convencional; debe ser intervenido manualmente. En términos simples, debe arrancarse del panel del avión.
—¿Puede ser hackeado?
—No. La inteligencia artificial del avión tiene comprobaciones redundantes; es casi imposible de hackear —el director dudó un segundo—. Podría hacerse por fuerza bruta, pero se necesitaría mucho más tiempo, y las horas no cuadran.
—¿Cuántos pasajeros iban?
El director pasó su mano por la frente, visiblemente frustrado.
—Doscientos treinta y cuatro civiles y seis miembros del personal de cabina: un capitán, un primer oficial y cuatro sobrecargos —contestó.
El mapa con la ruta del avión aún seguía flotando en el aire, con la última ubicación conocida parpadeando en un tono naranja.
—¿Mal funcionamiento?
—El avión estaba en perfectas condiciones: todo en regla, mantenciones al día y la IA actualizada.
—Muy bien —dijo en tono enérgico el capitán de la policía—. Formaremos equipos. Tú, tú y tú —empezó a señalar gente—, al aeropuerto. Quiero que hablen con los controladores humanos y revisen los informes digitales. Tú, tú y tú, hablen con el gobierno; quiero saber si esperaban algún acto de terrorismo. Tú, tú y tú, los pasajeros: lleven a los novatos. Son 234 personas y quiero saberlo todo.
Tú y tú, el personal de cabina, lo mismo. Tú, prepara un comunicado.

—El resto de ustedes puede continuar con sus tareas, pero sepan que este caso tiene máxima prioridad. Si surge algo, dejen lo que estén haciendo y atiendan esto, ¿entendido?
Todos asintieron y leves murmullos llenaron la sala.
—Muy bien, ¡a trabajar! —El capitán dio una palmada. La reunión se dio por terminada y todos salieron con sus instrucciones indicadas, todos menos David, quien se aproximó a su capitán con rapidez.
—Capitán, yo no tengo tarea —le dijo al tiempo que llegaba a su lado, esquivando a algunos compañeros.
—Vallejos, usted continúe con lo que estaba haciendo.
El capitán empezó a caminar con pasos largos y rápidos. David lo siguió.
—Estaba de descanso en mi casa, señor.
—Exacto —sentenció el hombre.
—Pero, capitán…
—Vallejos, tengo a los del sindicato encima mío, asuntos internos y a la psicóloga, todo por su culpa. Así que no me moleste más y vaya a beber a su casa o lo que sea que haga en su tiempo libre.
—¿Asuntos internos? —pensó David—. Pero, capitán, necesito hacer algo…
—No depende de mí, Vallejos. La psicóloga no ha autorizado su vuelta —lo interrumpió el capitán.
—¿Qué? —David parecía no entender—. ¿Ella puede hacer eso? —recordó la alerta al ingresar ese día.
—Sí que puede.
El capitán ya había llegado a su oficina y se había plantado en la puerta. No tenía intención de dejar entrar a David, así que la conversación concluía ahí mismo.
David lo notó al instante.
—¿Y si hablo con ella?
—Eso debió hacerlo ayer, Vallejos.

David se dirigió a la oficina de Mia, la psicóloga. Entró de forma atropellada, sin pensar demasiado.
—¡Necesito que me autorice para volver a mi trabajo! —dijo David, muy alterado.
Mia se sobresaltó.
—¿Por qué?
—¿Por qué? ¡Hay un avión desaparecido! ¿Le parece poco? —David empezaba a perder la paciencia.
—Y eso le importa demasiado, al parecer —respondió ella.
Mia aparentaba estar tranquila, pero por dentro estaba muy nerviosa. Intentaba dominar la conversación y le estaba costando.
—Mire —comenzó David—, sé que ya tuvimos esta conversación ayer, y ayer le dije que estoy bien. Ahora lo que necesito es ocupar la cabeza en algo. Todos mis colegas están en un caso importante, de máxima prioridad, y yo quiero participar.
—Señor Vallejos…
—David —interrumpió él.
—¿Perdón?
—Me llamo David —él pensaba que mostrarse cercano podía ayudar a conseguir lo que quería.
—Lo sé, hablamos ayer.
David se sintió como un tonto.
—David, necesita tiempo para procesar todo lo que está pasando. Usted me dijo que con Álvaro eran amigos, y en lo que estuvo involucrado… es… —Mia buscó con cuidado las palabras— muy complejo.
Mia sabía que la negación es un proceso natural, pero intuía que había algo más.
—Era mi amigo —reconoció David—, pero ya no está. No hay mucho que se pueda hacer al respecto.
—Pero usted debe sentirse muy mal. No es bueno reprimir todo eso.
Mia intentó conciliar.
—Estaré bien —sentenció David—. Solo deme algo que hacer.
—Las buenas personas no pueden estar bien después de pasar por lo que usted pasó —dijo Mia.
—¿Y quién le dijo a usted que yo soy una buena persona?
Las palabras calaron hondo en ella. Aquel hombre era un muro. Estaba bien intentar conciliar, pero si quería avanzar con David debía tomar otro enfoque. Negarse de esa forma al proceso se sentía antinatural.
David miró con desprecio a Mia, enojado porque su futuro laboral dependiera de una chica a quien él no conocía y que, por sobre todo, no lo conocía a él.
Se dio media vuelta y salió de la oficina.
Mia no dijo nada.
Se quedó en silencio, observando la puerta cerrada.

David caminó en silencio, intentando tranquilizarse. Había sido muy hostil con Mia y no podía repetir lo mismo con su jefe.
Al llegar a la puerta, escuchó la voz del capitán al teléfono. Eso era bueno, aún estaba allí.
Entró sin avisar y vio cómo el capitán colgaba el auricular y presionaba un botón.
—Ya me dijeron —el capitán miró con desaprobación a David.
Mia se le había adelantado; lo había llamado y quién sabe qué le habría dicho.
—Señor, esa chica no me conoce, no sabe nada de mí, y de verdad no necesito esto. Solo quiero hacer mi trabajo.
—Ella dice...
—¿Qué va a saber ella, señor? Si parece que fue ayer que se graduó de la escuela... Mire... Yo...
—Voy a detenerlo ahí mismo, Vallejos —interrumpió el capitán—, antes de que diga o haga algo realmente estúpido. Estoy con la mierda hasta el cuello. Usted, en este momento, es la menor de mis preocupaciones: es mínimo, casi no existe. Así que, por favor, deje de molestar con trivialidades.
La imagen volvió a golpear la mente de David.
—Patricia —pensó.
—Mire —continuó el capitán—, usted me cae bien, de verdad, pero cree que el mundo le debe algo por alguna genialidad que aún no tiene. Y si sigue siendo un cretino, nunca la tendrá. La señorita psicóloga solo hace su trabajo y, le guste o no, ella decide. Ahora bien... la terapia ya no es opción: debe tomarla, y esa es una orden.
David echó a andar su cerebro.
—¿Puede hacerse de forma remota? —preguntó.
—¿Cómo así? —el capitán parecía no entender.
—Remota. Ella aquí, yo allá. Sesiones cortas mientras voy en el auto a los sitios que tenga que investigar. Así aprovecho los traslados y puedo ayudar con el caso.
—¿Eso puede hacerse? —preguntó el capitán.
—Yo creo...
—Puede funcionar —interrumpió Mia a través del teléfono.
David cerró los ojos, frustrado. Había estado en llamada todo este tiempo, así que había escuchado todo.
—¿Este día puede ponerse peor? —pensó.
—Terapia remota será —sentenció el capitán—. Hable con Ramírez, divídanse las tareas. Salga de mi oficina y encuentren ese maldito avión.
David sonrió. No era una victoria, ni media victoria siquiera, pero era mejor que nada.
E iba a aferrarse a eso.