jueves, 19 de marzo de 2026

perfidia 2

David despertó cerca de las nueve de la mañana, con un amargor en la boca, dolor en los ojos y el cuerpo cansado.
Le tomó un segundo entender dónde estaba y qué había pasado.
Se había dormido con la ropa puesta; en el suelo, un vaso derramado daba cuenta de su estado de ánimo de la noche anterior.
—Patricia... —pensó.
La imagen de su cabeza expuesta lo sacudió. Otra vez aquel pesar, otra vez esa gravedad que lo hundía en el sillón.
Sacudió la cabeza, se levantó y fue al baño a darse una ducha. Tenía uno o dos días de permiso, no lo recordaba, así que no estaba apurado.
El agua tibia reconfortó su cuerpo y pudo sacarse la pereza que lo aquejaba. Todo el día transcurría muy lento, casi irreal.
Salió del baño dejando un rastro de gotitas camino al dormitorio, encendió el televisor —más para hacer ruido que otra cosa— y se vistió.
En la pantalla del televisor, el CEO del aeropuerto Comodoro Jorge Torres, ubicado al poniente de la ciudad, hablaba algo que parecía importante; una tras otra, las imágenes de un avión se repetían en bucle, pero David no estaba prestando atención.
—¿Alan? —preguntó David a la nada.
—Sí, señor —respondió una voz electrónica que vino de todas partes.
—Averigua a qué hora será el funeral de Álvaro Retamal y su esposa. Consulta en la policía; ellos deben saber, o si pueden darte un estimado.
—Sí, señor —respondió Alan, la inteligencia artificial de la casa.
Luego de algunos segundos de comprobación, ya tenía la respuesta.
—Señor, las pericias han sido realizadas, pero los funerales de Álvaro Retamal y su esposa han sido cancelados de momento. Sus cuerpos se mantienen en stasis en dependencias de la policía hasta nuevo aviso.
—¿Por qué? —David estaba confundido.
—La policía ha emitido una alerta. Todos los funcionarios tienen una reunión de emergencia y sus labores han sido reasignadas.
—¿Yo también tengo que ir a esa reunión? —preguntó David.
—No, señor, su presencia no es esperada.
David frunció el ceño. Todo era muy extraño.
Se terminó de vestir, tomó sus llaves del auto y se dispuso a salir.
—¿Alan? ¿A qué hora es esa reunión? —preguntó David.
—Dentro de treinta minutos, señor —contestó el asistente.
Si salía ahora, llegaría con tiempo y, cancelados los funerales de sus amigos, no tenía muchas cosas más que hacer.
La intriga le sentó bien: ocupar su cabeza con ideas distintas a lo ocurrido la mañana anterior.
Salió rumbo a la policía sin despedirse de Alan.
El trayecto resultó tranquilo. La ciudad seguía su curso y todo el mundo parecía estar metido en sus asuntos. Transeúntes por todos lados, comprando cosas o haciendo trámites, llenaban de color las aceras. Todas las calles camino al departamento de Policía estaban atestadas de autos. David sintió como un insulto que al resto del mundo le importara tan poco lo que había ocurrido ayer. Pero también la cotidianidad y la monotonía venían a recordarle una verdad innegable: la vida continúa.
Al llegar, había una gran cantidad de periodistas fuera.
—Seguro es por lo ocurrido ayer —pensó, y eso le hizo sentir un poco mejor, un poco de justicia entre todas las cosas.
Pero al bajar del automóvil nadie le hizo ninguna pregunta; nadie lo reconoció y, en vez de eso, fue terriblemente ignorado.
Estaba desconcertado.
Pasó su placa por el detector de la puerta y notó que se había generado una alerta con su nombre.
No le dio importancia y fue a hablar con su capitán.
El departamento de Policía lucía alterado; algo estaba pasando y no tenía nada que ver con Álvaro Retamal.
El capitán, Eugenio Salgado, un hombre grande, de piel morena, pelo cano y manos grandes y velludas, estaba en la sala de conferencias y todo el mundo parecía dirigirse allí.
David siguió a las masas.
Sus compañeros tenían caras de preocupación, pero tampoco parecían saber qué estaba pasando. Unos metros más allá, David vio a Mia, la psicóloga.
Habían hablado ayer por la tarde, pero no fue la gran cosa. David se limitó a repetir que estaba bien porque solo quería salir de allí y estar solo, meditando sus culpas y lamiendo sus heridas. Quizá había sido un poco hermético con aquella chica; al final, ella solo hacía su trabajo.
De pronto, la luz se fue y todos guardaron silencio en la sala de conferencias.
—Gracias a todos por venir —dijo el capitán—. Primero escucharemos el reporte de Mary Shelley y después se asignarán las tareas. Mary Shelley, por favor.
Junto al capitán apareció una proyección holográfica de una mujer joven, vestida con un traje de dos piezas de corte formal, el cabello tomado hacia atrás y con un rictus serio.
Mary Shelley era la inteligencia artificial del departamento de Policía. Tenía acceso a todos los archivos, registros, cámaras de seguridad, informes, etc. También podía conectarse con las IAs de otros departamentos, como los de trabajo, transporte, registro civil, salud, economía, etc. Era parte de un gran entramado multicomunicacional que servía para agilizar la burocracia y facilitar el trabajo de los investigadores humanos.
Mary Shelley comenzó su exposición y todos prestaron atención.
Anoche, a las 00:41, despegó el vuelo internacional 370 de Anailand Airlines con destino a Eurasia. No reportó problemas.
Frente a ella, la imagen de un mapa del planeta mostraba la ruta que había tomado el avión.
—Su última comunicación se efectuó a las 01:19: un mensaje estándar de despedida de la torre de control. No se detectaron alteraciones en la voz del piloto ni en los parámetros de cabina.
A las 01:21, el vuelo 370 desaparece de los radares civiles.
Mary Shelley hizo una pausa.
—El transpondedor dejó de emitir en ese mismo instante.
La proyección cambió. La ruta del avión quedó congelada en un punto.
—No se ha registrado señal de emergencia.
No se ha emitido código de secuestro.
No se ha recibido comunicación posterior.
—En condiciones normales, la pérdida simultánea de comunicación y transpondedor es un evento altamente improbable.
La inteligencia artificial guardó silencio para que todos los presentes pudieran asimilar la información.
—A esta hora, se desconoce la ubicación de la aeronave.
David recordó el noticiero, las imágenes de ese avión que se repetían una y otra vez. Ahora todo tenía sentido.
—Muchas gracias, Mary Shelley —dijo el capitán—. A continuación, tenemos al director del aeropuerto en pantalla para esclarecer algunas dudas.
En ese momento, un hombre gordo, de cuello corto y de mal aspecto apareció en la pantalla del fondo de la sala de conferencias.
—Buenos días a todos —empezó diciendo—. Primero debo comunicar que no hemos recibido ninguna petición de rescate. Pero no hemos descartado un secuestro.
Todos los presentes en la sala se acomodaron, nerviosos.
—Dijeron que el avión desapareció de los radares, ¿cómo? —preguntó un oficial.
—El transpondedor dejó de emitir señal —respondió el director.
—¿Lo apagaron? —preguntó otro.
—No. El transpondedor no puede apagarse de forma convencional; debe ser intervenido manualmente. En términos simples, debe arrancarse del panel del avión.
—¿Puede ser hackeado?
—No. La inteligencia artificial del avión tiene comprobaciones redundantes; es casi imposible de hackear —el director dudó un segundo—. Podría hacerse por fuerza bruta, pero se necesitaría mucho más tiempo, y las horas no cuadran.
—¿Cuántos pasajeros iban?
El director pasó su mano por la frente, visiblemente frustrado.
—Doscientos treinta y cuatro civiles y seis miembros del personal de cabina: un capitán, un primer oficial y cuatro sobrecargos —contestó.
El mapa con la ruta del avión aún seguía flotando en el aire, con la última ubicación conocida parpadeando en un tono naranja.
—¿Mal funcionamiento?
—El avión estaba en perfectas condiciones: todo en regla, mantenciones al día y la IA actualizada.
—Muy bien —dijo en tono enérgico el capitán de la policía—. Formaremos equipos. Tú, tú y tú —empezó a señalar gente—, al aeropuerto. Quiero que hablen con los controladores humanos y revisen los informes digitales. Tú, tú y tú, hablen con el gobierno; quiero saber si esperaban algún acto de terrorismo. Tú, tú y tú, los pasajeros: lleven a los novatos. Son 234 personas y quiero saberlo todo.
Tú y tú, el personal de cabina, lo mismo. Tú, prepara un comunicado.

—El resto de ustedes puede continuar con sus tareas, pero sepan que este caso tiene máxima prioridad. Si surge algo, dejen lo que estén haciendo y atiendan esto, ¿entendido?
Todos asintieron y leves murmullos llenaron la sala.
—Muy bien, ¡a trabajar! —El capitán dio una palmada. La reunión se dio por terminada y todos salieron con sus instrucciones indicadas, todos menos David, quien se aproximó a su capitán con rapidez.
—Capitán, yo no tengo tarea —le dijo al tiempo que llegaba a su lado, esquivando a algunos compañeros.
—Vallejos, usted continúe con lo que estaba haciendo.
El capitán empezó a caminar con pasos largos y rápidos. David lo siguió.
—Estaba de descanso en mi casa, señor.
—Exacto —sentenció el hombre.
—Pero, capitán…
—Vallejos, tengo a los del sindicato encima mío, asuntos internos y a la psicóloga, todo por su culpa. Así que no me moleste más y vaya a beber a su casa o lo que sea que haga en su tiempo libre.
—¿Asuntos internos? —pensó David—. Pero, capitán, necesito hacer algo…
—No depende de mí, Vallejos. La psicóloga no ha autorizado su vuelta —lo interrumpió el capitán.
—¿Qué? —David parecía no entender—. ¿Ella puede hacer eso? —recordó la alerta al ingresar ese día.
—Sí que puede.
El capitán ya había llegado a su oficina y se había plantado en la puerta. No tenía intención de dejar entrar a David, así que la conversación concluía ahí mismo.
David lo notó al instante.
—¿Y si hablo con ella?
—Eso debió hacerlo ayer, Vallejos.

David se dirigió a la oficina de Mia, la psicóloga. Entró de forma atropellada, sin pensar demasiado.
—¡Necesito que me autorice para volver a mi trabajo! —dijo David, muy alterado.
Mia se sobresaltó.
—¿Por qué?
—¿Por qué? ¡Hay un avión desaparecido! ¿Le parece poco? —David empezaba a perder la paciencia.
—Y eso le importa demasiado, al parecer —respondió ella.
Mia aparentaba estar tranquila, pero por dentro estaba muy nerviosa. Intentaba dominar la conversación y le estaba costando.
—Mire —comenzó David—, sé que ya tuvimos esta conversación ayer, y ayer le dije que estoy bien. Ahora lo que necesito es ocupar la cabeza en algo. Todos mis colegas están en un caso importante, de máxima prioridad, y yo quiero participar.
—Señor Vallejos…
—David —interrumpió él.
—¿Perdón?
—Me llamo David —él pensaba que mostrarse cercano podía ayudar a conseguir lo que quería.
—Lo sé, hablamos ayer.
David se sintió como un tonto.
—David, necesita tiempo para procesar todo lo que está pasando. Usted me dijo que con Álvaro eran amigos, y en lo que estuvo involucrado… es… —Mia buscó con cuidado las palabras— muy complejo.
Mia sabía que la negación es un proceso natural, pero intuía que había algo más.
—Era mi amigo —reconoció David—, pero ya no está. No hay mucho que se pueda hacer al respecto.
—Pero usted debe sentirse muy mal. No es bueno reprimir todo eso.
Mia intentó conciliar.
—Estaré bien —sentenció David—. Solo deme algo que hacer.
—Las buenas personas no pueden estar bien después de pasar por lo que usted pasó —dijo Mia.
—¿Y quién le dijo a usted que yo soy una buena persona?
Las palabras calaron hondo en ella. Aquel hombre era un muro. Estaba bien intentar conciliar, pero si quería avanzar con David debía tomar otro enfoque. Negarse de esa forma al proceso se sentía antinatural.
David miró con desprecio a Mia, enojado porque su futuro laboral dependiera de una chica a quien él no conocía y que, por sobre todo, no lo conocía a él.
Se dio media vuelta y salió de la oficina.
Mia no dijo nada.
Se quedó en silencio, observando la puerta cerrada.

David caminó en silencio, intentando tranquilizarse. Había sido muy hostil con Mia y no podía repetir lo mismo con su jefe.
Al llegar a la puerta, escuchó la voz del capitán al teléfono. Eso era bueno, aún estaba allí.
Entró sin avisar y vio cómo el capitán colgaba el auricular y presionaba un botón.
—Ya me dijeron —el capitán miró con desaprobación a David.
Mia se le había adelantado; lo había llamado y quién sabe qué le habría dicho.
—Señor, esa chica no me conoce, no sabe nada de mí, y de verdad no necesito esto. Solo quiero hacer mi trabajo.
—Ella dice...
—¿Qué va a saber ella, señor? Si parece que fue ayer que se graduó de la escuela... Mire... Yo...
—Voy a detenerlo ahí mismo, Vallejos —interrumpió el capitán—, antes de que diga o haga algo realmente estúpido. Estoy con la mierda hasta el cuello. Usted, en este momento, es la menor de mis preocupaciones: es mínimo, casi no existe. Así que, por favor, deje de molestar con trivialidades.
La imagen volvió a golpear la mente de David.
—Patricia —pensó.
—Mire —continuó el capitán—, usted me cae bien, de verdad, pero cree que el mundo le debe algo por alguna genialidad que aún no tiene. Y si sigue siendo un cretino, nunca la tendrá. La señorita psicóloga solo hace su trabajo y, le guste o no, ella decide. Ahora bien... la terapia ya no es opción: debe tomarla, y esa es una orden.
David echó a andar su cerebro.
—¿Puede hacerse de forma remota? —preguntó.
—¿Cómo así? —el capitán parecía no entender.
—Remota. Ella aquí, yo allá. Sesiones cortas mientras voy en el auto a los sitios que tenga que investigar. Así aprovecho los traslados y puedo ayudar con el caso.
—¿Eso puede hacerse? —preguntó el capitán.
—Yo creo...
—Puede funcionar —interrumpió Mia a través del teléfono.
David cerró los ojos, frustrado. Había estado en llamada todo este tiempo, así que había escuchado todo.
—¿Este día puede ponerse peor? —pensó.
—Terapia remota será —sentenció el capitán—. Hable con Ramírez, divídanse las tareas. Salga de mi oficina y encuentren ese maldito avión.
David sonrió. No era una victoria, ni media victoria siquiera, pero era mejor que nada.
E iba a aferrarse a eso.

martes, 3 de marzo de 2026

Perfidia (parte 5)

David confirmó la dirección en su pantalla y bajó del auto.
El enlace de la policía con las familias afectadas del avión desaparecido había conseguido la llave del departamento, así que no era necesario entrar a la fuerza.
Caminó lentamente, observando la fachada del edificio y el vecindario. Parecía un barrio tranquilo, callado, sin nada que resaltara a simple vista. Un lugar agradable para vivir.
Como si Mía lo estuviese observando en todo momento, justo al meter la llave sonó el teléfono de David. Era ella. Era Mía.

Él, algo agotado pero ya acostumbrado a la dinámica, se puso el audífono y contestó la llamada.
—¿En qué nos quedamos? —preguntó ella, entusiasmada.
—¿Así nada más? ¿Sin un saludo? ¿Directo al grano? —preguntó él.
David entró al departamento y se encontró con un espacio pequeño pero acogedor: plantas artificiales, muebles nada ostentosos y una decoración más bien funcional, solo para rellenar algunos espacios y que los muros no se vieran desnudos; pisos de madera color gris deslavado y muros amarillo mostaza. Sin lujos visibles y bastante práctico.
Sobre las repisas, decenas de figuras de onix, animales de todo tipo, herbívoros, carnívoros, mitológicos, cuidadosamente ordenados.
Justo en ese momento, la anfitriona del hogar llamó su atención. En la pantalla junto a la puerta había un ícono de alarma.
David presionó la pantalla y una voz eléctrica salió del aparato:
—No es un miembro de esta familia. Identifíquese.
El oficial acercó su placa, que fue escaneada. La inteligencia artificial de la casa hizo una comprobación rápida de su identidad; luego se conectó con la del Departamento de Policía y esta le envió los protocolos necesarios para que el oficial pudiera hacer su trabajo, generando al mismo tiempo un informe con la hora, fecha y duración del registro.
Unos segundos después, con toda la burocracia lista, la voz del aparato lo saludó:
—Bienvenido, teniente Vallejos —dijo en tono cordial.
—Estoy investigando la desaparición de… —tardó un segundo en encontrar el nombre en su teléfono— Doria Buenaventura, la dueña.
La pantalla tardó un instante en responder.
—La señora salió antes de ayer por la mañana rumbo al trabajo, tenía turno en un vuelo con destino a Eurasia. No ha regresado. Si quiere, puedo darle más detalles sobre el vuelo.
—¿Sabes dónde está? —preguntó David en tono burlón.
—No exactamente.
—Lo suponía, pero valía la pena intentarlo.
—¿Necesita alguna otra información?
—No es necesario, gracias —respondió muy cortés David—. Estoy investigando. Echaré un vistazo, ¿está bien?
—Lo que usted necesite, teniente —respondió la máquina.
David recorrió el living, mirándolo todo. Posó sus ojos en la mesa de centro, luego en los estantes, en una cristalera grande empotrada en una esquina, en los muros y otra vez en las repisas. Le extrañó que no hubiera fotos familiares, ni de mascotas ni nada similar.

Mia, que seguía esperando paciente del otro lado de la línea, decidió empezar con la terapia.
—¿Y por qué no buscarte a alguien para ti? —preguntó ella, apoyando los codos sobre su mesa, como si la pregunta fuera ligera, casual… aunque sabía que no era así.
La pregunta golpeó a David en el rostro. Por un segundo no supo qué responder.
—Sí que es directa —pensó, y soltó una risa breve, incómoda.
—Es complicado.
—¿Complicado cómo? —inquirió ella.
—No lo sé…
—No es tan extraño, en realidad. Tu miedo al compromiso.
David, que miraba debajo de una mesa, se levantó sorprendido. Mía estaba particularmente mordaz aquel día.
—No empezarás con esa basura sobre la relación con mi madre, ¿verdad?
Mía parpadeó, sorprendida. Un leve rubor le subió por el cuello. Se acomodó el auricular en el oído.
—No tienes por qué ser tan hostil —respondió con suavidad, pero sin retroceder.
Él cerró los ojos un instante.
—Lo siento. No era mi intención.
—Lo sé —dijo ella, casi en un susurro.
El silencio se estiró entre los dos.
David siguió deambulando por el pequeño departamento, abriendo gavetas y cajones, buscando cualquier cosa que pudiera resultarle interesante o útil para resolver el caso.
—¿Y qué hay de ti? —preguntó él finalmente—. Siempre haces preguntas, pero nunca hablas de ti. ¿Por qué no tienes novio?
Ella, desde el otro lado del comunicador, alzó una ceja.
—¿Cómo sabes que no tengo novio?
—No lo sé… solo me lo parece.
De alguna forma, el silencio de Mía resultaba incómodo.
—Es complicado. Acabo de llegar a la ciudad y… las relaciones nunca se me han dado demasiado bien.
—¿Por qué? —preguntó David mientras miraba en el botiquín del baño.
Ella respiró hondo antes de contestar.
—Tuve una mala experiencia hace poco. Y necesito tiempo.
—¿Qué tipo de experiencia?
Mía dudó. Luego decidió no suavizarlo.
—Tuve algo así como un acosador.
Él frunció el ceño.
—¿Algo así? ¿Era o no un acosador?
—Sí, lo era.
—Es extraño… es que no te veo como…
Se quedó a medio camino.
—¿Como alguien deseable? —completó ella.
—No, no quise decir eso.
—¿Seguro?
David, que hurgaba la ropa del clóset, se dio cuenta de que la había cagado.
—He tenido sobrepeso toda mi vida —continuó ella, con la voz firme—. Sé perfectamente cuál es mi lugar en la escala de lo “deseable”. He escuchado los comentarios. Desde el colegio. Desde mi propia familia. Así que créeme, no necesito que me lo recuerden.
Él tragó saliva.
—No es eso. De verdad me pareces muy linda. Solo… no pensé que alguien pudiera obsesionarse contigo hasta ese punto. Eres el tipo de chica que uno presenta a sus padres, se casa y tiene un montón de hijos. No te imagino como la chica que atrae dementes.
Mía respiró, tratando de calmarse.
—No se necesita ser un sex symbol para que alguien se obsesione. Y no se necesita estar demente para obsesionarse. Solo se necesita que una persona esté profundamente sola.

Él guardó silencio.

—Era un paciente —dijo ella finalmente—. Antes de entrar a la policía trabajé un tiempo dando terapia en un centro estudiantil.
—¿Terapia?
—Sí. Era un chico muy joven. Había sufrido abuso. Tenía problemas en casa, en la universidad… no tenía a nadie. Cuando llegó a mí estaba roto.

Su voz bajó un tono.

—Lo enviaron a sesiones tres veces por semana. Al principio todo iba bien. Mejoraba. Sonreía más. Me agradecía cada pequeño avance como si yo le hubiera salvado la vida. Y ahí estuvo el error… empezó a creer que yo era lo único bueno que tenía.
David decidió no interrumpirla.
—Comenzó a traerme regalos. Cartas. Me esperaba después de la consulta. Me seguía unas cuadras “por casualidad”. Al principio pensé que podía manejarlo, que era parte del proceso. Incluso —hizo una pausa— se sentía bien. Tener un admirador, alguien a quien le gustes… se sentía bien.
David deambulaba por aquí y allá, mirando todo por encima y prestando mucha atención al relato de Mía.
—Pero un día —continuó ella— lo encontré frente a mi edificio. A las dos de la mañana, diciendo que si yo lo abandonaba no tenía razones para seguir viviendo.
El silencio se volvió pesado.
—Intenté poner límites más firmes. Se quebró. Gritó. Golpeó el vidrio de mi auto cuando intenté irme. Ahí entendí que ya no era transferencia emocional… era obsesión.
Sus manos temblaron levemente; el recuerdo la estremecía.
—¿Qué pasó, Mía? —preguntó David, profundamente interesado.
—Lo denuncié cuando tuvo un episodio violento. No estaba dispuesta a poner en riesgo mi vida por compasión.

Él asintió, casi imperceptiblemente.

—Y así fue como terminé trabajando con la policía. Luego de mis declaraciones, el chico estuvo detenido, pero yo no estaba tranquila. Lo veía en todos lados, en casi cualquier lugar al que iba; su sombra me perseguía.
—Decidí mudarme, y la asistente social del Departamento de Policía me sugirió postular a una vacante en la fuerza.
Se hizo un silencio largo.
—Supongo que de todo se puede sacar algo positivo —añadió ella, con una media sonrisa cansada—. Incluso de que alguien te convierta en el centro de su mundo… cuando tú apenas estabas intentando ayudarlo a reconstruir el suyo.

David miró nuevamente las repisas. Ninguna foto. Ningún recuerdo. Ninguna historia.
—La gente está muy sola —pensó.

Algo cambió en la forma en que David percibía a Mía. Difícil de explicar: algo primario que sintió en el pecho y que lo dejó expuesto, sin ocurrencias. Sin sarcasmo. Sin defensas. Sintió reconocimiento.
—Gracias por contármelo —dijo en voz baja.
Y por primera vez desde que empezó la conversación, ninguno de los dos intentó protegerse.
—Tenía a alguien. Alguien para mí —dijo David con tono solemne.
—¿Y qué pasó?
—Teníamos problemas, como todo el mundo, nada especial, pero poco a poco empezó a empeorar. Empezamos a tener muy mala comunicación, dejamos de aguantarnos y dejamos de desearnos. Teníamos un hijo, ¿sabes?

Mía notó cómo David se refería en pasado, pero decidió no interrumpir.

—Mi hijo tenía ocho años. Con mi mujer no se llevaba muy bien, y cuando estábamos los tres en casa la situación era algo tensa. Un día ella no estaba, salió a alguna parte, y con mi hijo tuvimos una tarde muy tranquila: hicimos las compras, la comida, todo. En realidad lo pasamos muy bien y empecé a pensar que tal vez estaríamos mejor si solo fuéramos los dos. Esa idea estuvo dando vueltas en mi cabeza durante semanas, lo cual no mejoraba nuestra situación, pero para mí era una salida. Comencé a pensar más en serio en el divorcio.
Ella prácticamente no pasaba tiempo en casa.
—La cosa es que cuando yo ya estaba decidido a plantear la situación, ella se había adelantado. Tomó a mi hijo, sus cosas y se fue con un amante que tenía desde hacía meses.
David guardó silencio unos segundos.
—Los tres murieron el día en que se fue. Un accidente de auto en la carretera que va a la playa.
—Entiendo —dijo Mía. Le dio un instante para que la emoción se asentara y para que David pudiera recuperarse.
—Gracias por contarmelo —dijo ella. 
—Tu empezaste primero —respondió él.
David miró al rededor de la habitación, fijándose en los detalles. 
—Aquí no hay nada —dijo por fin, sacó un par de fotos con su teléfono y salió del lugar.

domingo, 7 de septiembre de 2025

Recuerdos

Este es un correo antiguo que encontré entre los archivos de mi correo, enviado a mi mejor amiga, un 8 de Julio del año 2006.


¿Cuántos amigos tienes que se acuerdan de la fecha de tu cumpleaños? ¿Cuántos que sí se acuerdan, pero no son tus amigos? ¿Cuántos te saludan por compromiso o porque alguien les dijo? ¿Cuántos…?

La gente está muy ocupada pensando y planeando sus vidas, que a veces se olvidan de las cosas importantes… o que eran importantes. “Siempre tengo cosas que hacer”, dijo ella. Qué ironía, ¿verdad? Y nosotros, los que menos figurábamos, somos los más presentes. Y él… el más presente, aunque no contigo; pero presente, tierno e infantil racimo de hombre.

A veces solo paramos para ver a quién tenemos el pie encima, o a cuántos hemos dejado atrás. Y es una verdadera pena, porque siempre pensé que al final, al menos, quedaba el recuerdo… pero parece que no es así.

No quiero volverme obsoleto. No quiero dejar de ser joven. Pero estoy cumpliendo años, al igual que tú, y están marcados de por vida, irónicamente, por la muerte.

Está triste el día, húmedo y henchido de ira. La soledad lo calma un poco, pero su furia perdura entre lo alto de las nubes negras que cubren el cielo de Santiago. Amargura, dolor y decepción es lo que siento. Más por ellos que por mí, porque yo traté… mas no logré nada. Están tan ocupados.

Ojalá recuerden que la muerte siempre gana. “Y está tan segura de ganar, que nos da toda una vida de ventaja.”

El sol se va, y con él este día. Malo, bueno… en fin, se va. Deja el gran escenario de la vida solo para ensayar el mañana. Alisten sus trajes y agárrense fuerte que vamos a empezar.
Amargura, dolor y decepción es lo que siento… en este 8 de julio que se suponía debía ser especial. Pero así es el caos: todo lo turba, lo altera, lo modifica de tal forma que hasta tus mejores intenciones pueden verse afectadas… e incluso dejarte mal ante otros.

Pero al final, ¿qué importan los otros?

Esta es una época que, espero, no termine ni olvide nunca, porque fue mi juventud.
¡Oh, Dios! Anhelo contarle a mis nietos todas las historias que he vivido en este gran libro de la vida. Historias ciertas… y algunas mentirillas que solo animarán el calor de aquellas almas jóvenes, abiertas al conocimiento.

¿Cuánto más cambiarán los tiempos como para que mis nietos piensen que ya estoy obsoleto? ¿Que mis habilidades con el PlayStation ya no son grandiosas? ¿Que me sorprendan con alguna pregunta a la cual no sepa la respuesta?
Dejar de ser aquel ídolo infantil que soy para mi hermano…

Este es un tiempo de reflexión, creo yo.
Pásalo bien, pero piensa, planea y disfrútalo…
¡El tiempo se está acabando!
Y mi programa estelar del domingo ("La vida de Marco", buena, mala… como sea) lo van a cancelar pronto.
Ya no tendré a quién escribir y me quedaré solo, al igual que él… hundido en el olvido de muchos y en los recuerdos de pocos.

¿Pero qué he hecho yo como para ser recordado?
La verdad, no mucho. Solo ser yo.
Valórenlo como quieran. Todos (incluso tú) (no tú, sino la otra tú).

Aprende de ello.
Del mundo, que mal que mal, es nuestro mundo.

Emociónate con esa canción que te hace romper en llanto.
Que te pone la piel de gallina.
Que te devuelve a ser un niño…
Donde estabas seguro, y nada podía lastimarte.
Donde, pasara lo que pasara, mamá siempre lo arreglaba.
Un lugar que no es aquí, y no es ahora.
Que te muestra tal como es tu alma, sin prejuicios ni nada que se le compare.
Solo tú… y tú.

Hay tanto que hacer y tan poco tiempo.

Pobre de ellos, los que viven en su rutina.
Que perdieron la capacidad de reír, de hacer locuras.
Aquellos que lo racional les llena el cerebro y no dejan espacio para la esperanza, el amor o la locura.
¡Qué rico es ser loco!
Hacer lo que quieras sin tener que responder.

Amo a los esquizofrénicos que no responden y no asumen sus responsabilidades.
Pero es una carga que el mundo te da… y la acepto gustoso.

Que mi locura interior no se acabe nunca.
Y que la llama del amor hacia la gente que importa, tampoco se apague.

Por ellos me llevarán ante Dios.
Y cuando esté allí…
Creo que le pediré una que otra explicación.


Ah… no trates de entender esto.
Solo quería desahogarme, explayarme un poco con quien creo que me puede entender, o al menos, está algo acostumbrada.

No respondas nada respecto a esto.
Algún día te explicaré el motivo.
Hasta entonces, no lo comentes.
(Bueno, si te sirve para algún trabajo, monólogo o algo… jajaja ^.^)

Casi se me olvida… ^.^"
Que tengas un muy feliz cumpleaños.

lunes, 28 de julio de 2025

Perfidia

Álvaro había vuelto a olvidar tomar su medicamento. Tenía muy asociado hacerlo junto con el café de la mañana, pero como se había acabado hace dos días, lo olvidó.
Recién lo recordó cuando le entregaron el vaso en el Starbucks, de camino al trabajo.
No estaba lejos de su casa, y era mejor volver ahora. Cuando no tomaba sus pastillas, se sentía algo extraño: con una leve presión en el pecho, nervioso por momentos. Dos días sin su medicamento era su límite.
Mientras esperaba la luz verde, creó un recordatorio en el asistente.
—¿Figo? —preguntó.
—Sí, señor —contestó el auto.
—Recuérdame comprar café la próxima vez que esté en el supermercado.
—Sí, señor.
El auto creó un recordatorio con el ícono de un mensaje enlazado a un ícono de GPS. Con eso estaba seguro de que no lo olvidaría; había estado distraído este último tiempo.
Patricia, su esposa, que el día anterior había salido todo el día con sus amigas, también lo había olvidado.
Patricia debía estar dormida. Se levantaba tarde, ya que solo se ocupaba del hogar y tenía tiempo de sobra. El departamento no era grande y no tenían hijos.
Habían realizado los trámites de postulación para tenerlos, pero no fueron seleccionados. Era el destino el que parecía querer que ese matrimonio no tuviera descendencia. A pesar de ello, siguieron juntos.
Tomó la curva con cuidado y se dirigió directamente hacia la torre 3. Era un barrio sencillo, modesto; lo que su salario de policía le permitía pagar.
Las áreas verdes eran más bien escasas; los juegos infantiles, algo oxidados, estaban rodeados de negocios y almacenes donde se podía encontrar desde comida hasta productos de tecnología, pasando por ropa y licores.
Álvaro entró en silencio. La cerradura electrónica se abrió sin emitir sonido cuando apoyó su pulgar sobre la placa metálica.
Entró despacio, mientras intentaba recordar dónde había dejado sus pastillas. Rogó a los dioses que esta vez no las hubiera dejado en su mesa de noche.
Revisó la cocina, el living, el comedor e incluso el baño. Nada.
Resignado a su mala suerte, se dirigió al dormitorio.
Debía ser ágil, rápido y sutil como un gato; ya había perdido suficiente tiempo, y no era la idea llegar otra vez tarde.
Al llegar a la puerta, escuchó la voz de Patricia. Estaba despierta y grabando un video. Un saludo, al parecer.
Vestía un camisón de gasa blanco, semitransparente, con tiras finas y detalles bordados. Había sido un autoregalo que ella se hizo para un aniversario. Álvaro no podía recordar si fue el décimo o el undécimo.
Tenía el pelo suelto, más bien desordenado, de una forma sexy.
Patricia, a pesar de ser una mujer normal, tenía una belleza propia, un aire de actriz que resaltaba sus rasgos. Sostenía el teléfono frente a su cara mientras decía un saludo con una voz entre ingenua y juguetona.
—Te extraño. Ya quiero que estés aquí. Cuídate mucho. Te amo.
Álvaro sintió una leve cosquilla en el bajo vientre. Una ternura agradable y algo de deseo también.
Rápidamente sacó su teléfono para que, cuando llegara el video, el sonido de la notificación no alertara a Patricia de que él estaba allí. Pulsó el botón del volumen y abrió la aplicación de mensajería.
Se quedó mirando la pantalla, esperando que llegara el mensaje.
Y esperó...
y esperó...
David estaba llegando a la torre 3.
Cuando, al dar la curva, vio la patrulla que estaba frente al edificio, aceleró hasta llegar y bajó apresurado.
Dos oficiales esperaban fuera del auto policial, decidiendo si debían entrar; ambos demasiado cobardes como para ingresar y comenzar a revisar un edificio piso por piso, buscando a algún pistolero.
David detuvo su auto y bajó apresurado.
—¿Qué hace usted aquí? —preguntó el primer oficial al recién llegado.
—Teniente David Vallejos —dijo—. ¿Qué pasó?
—Recibimos un reporte confuso: unos gritos y unos disparos, hace unos diez minutos, según los vecinos —contestó el segundo oficial.
—En esta torre vive Álvaro Retamal, el teniente.
Ambos oficiales cruzaron miradas.
—Lo conocemos —dijo uno.
David sacó su teléfono, buscó el número de su amigo, presionó el botón y esperó mientras sonaba el tono de llamada.
Justo en ese momento, el teniente Álvaro Retamal salía por el umbral del edificio.
Era alto, de piel color canela, cabello corto estilo militar, hombros anchos, manos grandes.
Caminaba desorientado, lucía perturbado, con los ojos idos y la cara cubierta de sangre.
Los dos oficiales, al verlo, instintivamente sacaron sus armas —unas Glock 19— y apuntaron al teniente Retamal.
David saltó exaltado para imponer calma.
—¡Oigan! ¡Oigan! Es Álvaro, tranquilos —dijo mientras llevaba su mano derecha hacia su arma y mantenía la izquierda en alto, para que no hicieran nada.
Los oficiales bajaron sus armas, algo más calmados.
—Ella... —balbuceó Retamal.
Los tres se giraron. Miraron a Retamal a la cara, luego a su mano derecha: tenía su arma.
Los dos oficiales y el teniente David Vallejos apuntaron a Retamal.
—Álvaro, amigo... ¿dónde está Patricia? Se oyeron disparos. ¿Dónde está ella?
—Ella... tenía una aventura —dijo al fin Álvaro.
—Oye, está bien, tranquilo —dijo David—. ¿Dónde está Patricia? —agregó.
—Teniente, ponga el arma en el suelo —dijo un oficial.
—Momento, chicos, tranquilos... —David sentía la tensión en el aire.
—¡El arma al suelo! —gritó el segundo oficial.
—Ella... —Álvaro dio un paso, y por un segundo pareció levantar su arma.
Los oficiales alzaron sus pistolas.
—¡Teniente! ¡Ponga el arma en el suelo!
—¡Al suelo ya mismo! —gritó el otro.
—Álvaro, suelta esa arma ahora.
El teniente Álvaro Retamal estaba ido. Los oídos le zumbaban, y el sonido le llegaba como si atravesara una burbuja de agua. Solo distinguía balbuceos, borrones deformes de blanco, negro y gris.
El corazón le latía tan fuerte que podía sentir las palpitaciones en sus sienes.
Tenía en su cabeza el rostro de Patricia.
—¿A quién le enviaste ese video? —había preguntado Álvaro.
—¿Qué haces aquí? —Patricia estaba en shock.
—Patricia... ¿a quién le enviaste ese video? —insistió él.
—No sé de qué...
Con un movimiento rápido, él le arrebató el aparato de las manos. Ella intentó recuperarlo y, luego de un forcejeo, Álvaro la empujó a la cama.
Mientras buscaba en los mensajes, vio que el destinatario no tenía foto, ni nombre ni alias. Solo una serie de números que no podía reconocer.
Se fijó en uno de los últimos mensajes: la pasé muy bien ayer.
—¿Ayer? —pensó—. ¿De quién es este número? —gritó.
—Amor, yo...
Presionó el botón de llamada y esperó con el teléfono pegado a la oreja.
Nada.
Álvaro apretó fuerte el teléfono de Patricia y lo estrelló contra el muro, preso de la rabia.
El aparato se rompió en mil pedazos, diseminando circuitos y esquirlas de vidrio por todo el lugar.
—No me tomes por tonto, Patricia. No se te ocurra...
Álvaro levantó el puño, apretando con tanta fuerza que los nudillos se le habían puesto blancos.
—¿No era para mí? Ya me di cuenta. ¿Para quién era? ¿Me estás engañando?
Patricia se tomó su tiempo. Estaba dividida entre confrontar con la verdad o intentar otra cosa; estaba desbordada.
—¿Cuánto más crees que esto iba a durar, ah? Casi no hablamos, no salimos, no hacemos nada. Ya ni me tocas. Ni siquiera calificamos para que nos dejaran tener hijos. ¿Cuánto más creíste que esto iba a durar, ah?
Pero la verdad es que Álvaro no lo había pensado. Él creía que la relación estaba bien. No como en los años más felices o más fogosos, pero bien.
Nunca había considerado que Patricia pudiera estar sufriendo en silencio. ¿Se podía ser tan ciego? ¿Estar con alguien a quien uno mismo había llevado al abismo sin notarlo? No... no podía ser solo su culpa. O no toda, al menos.
—¿Pero engañarme? —preguntó él.
Patricia lo miró desafiante.
—Una hace lo que tiene que hacer para estar bien —respondió ella.
Álvaro le sostuvo la mirada.
—Uno hace lo que tiene que hacer para estar bien —repitió él.
Patricia le sostuvo la mirada por unos segundos; entonces lo vio: la mirada cargada de odio de Álvaro.
Algo estaba terriblemente mal.
—¡Casa, llama a emergencias! —gritó ella.
—Llamando —respondió al instante una voz digital que salía de todas partes.
Y él se abalanzó sobre ella.
—¡Teniente! ¡Última advertencia! ¡Baje esa arma!
—Álvaro, por favor... deja ya todo este escándalo. Baja esa arma.
—¡El arma al suelo ya! —dijo el otro.
Fue durante menos de un segundo.
El teniente Retamal levantó su pistola, sin ánimo de herir a nadie.
David nunca supo quién hizo el primer disparo. Solo sintió cómo, por instinto, él también apretaba el gatillo.
Cuando al fin pudo entender lo que había pasado, vio a su amigo tirado en el suelo.
La sangre salía a borbotones, espesa como el sirope, tibia como el sol de la mañana.
Pudo ver en sus ojos cómo la vida se le escapaba. Todo lo que lo hacía especial, único, abandonaba su cuerpo para dejar solo una carne ajada y sanguinolenta.
Corrió hasta la puerta del departamento mientras los oficiales pedían una ambulancia, por muy inútil que pareciera.
Uno a uno, los vecinos curiosos asomaban la cabeza para tratar de entender qué había sucedido, con quién y quizá por qué.
David tuvo que empujar a algunos cuando llegó al departamento. Estos, al verlo, se apartaron rápido de la entrada.
David recorrió todo hasta llegar al dormitorio.
Ahí estaba Patricia, con media cabeza destrozada y trozos de cerebro salpicando el muro.
La imagen se le encarnó en la memoria.
Luego de volver a la central, intentó llenar su informe. Se tomó su tiempo, tratando de recordar los detalles. La imagen de Patricia golpeaba su mente. Intentó distraerse con un café, un paseo y una salida a tomar aire al techo del edificio.
David pasó a hablar con su jefe; era necesario.
El capitán del departamento de Policía le dio ánimos, por muy inútiles que resultaran. Le dio permiso por un par de días, para que pudiera reflexionar y descansar, pero antes debía pasar por la psicóloga.
David caminó por el departamento de Policía, deambulando como un fantasma.
Algunos hablaban por lo bajo: rumores y comentarios, murmullos y susurros.
Llegó fuera de la oficina de la psicóloga, respiró hondo y entró.
Mía era una chica joven de gran corazón. Tenía unos kilos de más, pero lo disimulaba con ropa de diseños que acentuaban su figura.
Se había graduado hace unos años de la universidad y hace poco se había especializado en atender policías. Había atendido algunos casos de estrés postraumático tras tiroteos, pero nunca, en su corta carrera, le había tocado un caso en que un policía hubiera disparado a otro. Y menos con resultado de muerte. Tendría tres esa tarde.
Para David fue un mero trámite.
Contó brevemente sobre su relación con Álvaro, la amistad que mantenían desde hace años, las vacaciones, las navidades, y cómo era prácticamente un hermano para él.
A pesar de eso, se mostró estoico. Una parte de él había bloqueado las emociones porque tenía muchas cosas que hacer. Y otra parte solo quería dejar de hablar, estar en la paz del silencio.
David aseguró estar bien y salió de la oficina.
Mía, la psicóloga, no estaba satisfecha.
David no quería conducir. No sentía que fuera capaz de tomar el control de algo en ese momento y tampoco confiaba del todo en el piloto automático del auto.
Caminó lento hasta la entrada del subterráneo, repasando ideas y emociones.
Una vez sentado, se perdió mirando por la ventana. Santiago era una ciudad hermosa, con sus detalles, pero hermosa.
Sacó su teléfono, conectó sus audífonos y buscó en la aplicación de música. Bajó y bajó sin encontrar nada. Luego, en los favoritos olvidados, se decidió a escuchar un tema: Formentera, de Metric.
La música y la monotonía del viaje, las caras apagadas de los viajeros sumidos en sus pantallas, lo reconfortaron. Nadie estaba pendiente de él. El vaivén del tren eléctrico arrulló su cuerpo cansado. Se sintió bien. Adormilado.
Llegó a su casa casi de forma automática.
David pulsó el pulgar en la placa metálica, entró a su departamento y se derrumbó en el sillón.
El lugar no era gran cosa. Un espacio básico, sin excentricidades, colores aburridos y una decoración descafeinada.
Se inclinó hacia atrás y, luego de unos segundos y un suspiro, se levantó y fue por un trago.
Se lo sirvió doble, porque la situación lo ameritaba.
Miró el hielo flotando, sumergido en el alcohol.
Volvió al sillón. Encendió el televisor y miró al techo. La luz intermitente del aparato lo hipnotizó unos minutos.
Apuró el contenido del vaso y se levantó para servirse otro.
Aún todo lo ocurrido en la mañana le parecía inverosímil.
Era un acontecimiento tan ajeno que le costaba asumir que había sido su amigo, su amigo Álvaro... y Patricia.
David dejó de perder el tiempo y fue hasta su dormitorio. Bajo la almohada, escondido, tenía un segundo teléfono.
Lo sostuvo con calma unos segundos, como dudando.
Lo desbloqueó con un patrón muy rebuscado y revisó las notificaciones.
Tenía una llamada perdida y un mensaje.
Abrió la aplicación y presionó el botón de play.
—Te extraño. Ya quiero que estés aquí. Cuídate mucho. Te amo.

David se derrumbó en el suelo y comenzó a llorar.