Ramírez, quien era conocido por hacerle el quite al trabajo, le había pasado cuatro de las seis personas que tenía que investigar a David. Este último no protestó.
Debía organizarse para poder visitar las cuatro casas lo antes posible, algunas de ellas ubicadas lejos e incluso fuera de la ciudad.
Decidió comenzar por la más lejana.
Fabienne Celestine, una mujer joven de descendencia haitiana, vivía en una casa en la zona rural más cercana a la ciudad, en las afueras.
La vivienda se levantaba a un costado de un camino de tierra, de esos que en verano levantan polvo y en invierno se vuelven barro espeso. No había reja ni portón, solo una entrada abierta marcada por el paso constante de pies y neumáticos.
Era una construcción simple, de un piso, hecha en su mayoría con madera envejecida y planchas de zinc que reflejaban la luz con un brillo opaco. El techo, levemente inclinado, estaba asegurado con piedras en algunos bordes, como si el viento ya hubiera intentado llevárselo más de una vez.
El patio era de tierra firme, sin pasto, con algunas zonas endurecidas por el uso. A un costado había un par de sillas plásticas descoloridas y una mesa baja, improvisada con tablones. Más allá, un cordel tensado entre dos postes sostenía ropa que se movía lento con la brisa: camisetas, pantalones, telas de colores vivos, ya algo gastados.
Cerca de la entrada, una olla grande descansaba sobre un fogón hecho con piedras. Aún conservaba cenizas recientes. El aire tenía un leve olor a carbón y comida especiada, impregnado en la madera, en la ropa, en el suelo mismo.
La puerta principal estaba entreabierta. No había timbre ni cerradura visible, solo una cortina delgada colgando por dentro, que se movía apenas con el viento, dejando ver fragmentos de la penumbra interior.
Desde fuera, la casa transmitía algo contenido: una vida ordenada dentro de lo mínimo, sin adornos innecesarios, sin pretensiones. Todo parecía tener un uso claro, un propósito inmediato.
David se detuvo unos segundos antes de acercarse.
Miró alrededor: el silencio del sector, el crujido lejano de alguna madera, el murmullo del viento arrastrando polvo por el camino.
Había algo que no terminaba de encajar.
Revisó mentalmente la ficha: Fabienne Celestine, tripulante de cabina en una aerolínea comercial. Habituada a pasillos iluminados con luz blanca, superficies pulidas, protocolos precisos, voces medidas. Un entorno donde todo tenía una lógica clara, casi mecánica.
Y, sin embargo, estaba ahí.
Frente a una casa que parecía levantada a pulso, con lo justo, expuesta al clima y al desgaste. Sin ruidos electrónicos, sin señales de tecnología visible, sin nada que recordara el mundo del que, en teoría, ella formaba parte.
David frunció levemente el ceño y avanzó un par de pasos sobre la tierra dura del patio.
No era solo la diferencia; era la distancia entre ambos mundos. Como si pertenecieran a realidades distintas que, por alguna razón, se tocaban en ese punto exacto.
Pensó en los vuelos, en la altura, en la presión controlada dentro de la cabina. En la rutina de servicio, en las sonrisas entrenadas, en la pulcritud obligatoria.
El suelo crujió bajo sus zapatos.
Volvió a mirar la casa: la madera gastada, el zinc, el polvo suspendido en el aire.
Había algo ahí que no cuadraba.
O quizás sí.
Quizás era precisamente eso: dos vidas distintas sostenidas por una misma persona. Una arriba, contenida y perfecta. Otra abajo, simple, directa, sin filtros.
David no sabía cuál de las dos era la verdadera.
Se detuvo frente a la puerta entreabierta y observó la cortina moverse suavemente.
Luego alzó la mano y golpeó.
No hubo respuesta, así que se decidió a entrar.
La casa, por dentro, combinaba perfectamente con el exterior: una sencillez muy arraigada en su cultura. Una mujer que intentaba mantener su crianza a pesar de la tecnología en la que estaba inmersa su vida.
Desde luego, el interior no reflejaba que la chica pudiera participar en un grupo terrorista, lo que le daba a David la intuición de que ella era solo una víctima más.
Mientras contemplaba ese mundo anclado en el pasado, el sonido de su teléfono lo sacó de ese estado, recordándole de dónde venía y lo que estaba haciendo. Era Mia.
El sostuvo el aparato mirando la pantalla, intentó hacer las cosas bien, suspiró y presionó el botón.
David fue el primero en hablar.
—Primero que todo, quiero pedir disculpas.
Mia esperó en silencio.
—No son necesarias —contestó al fin.
—Para mí sí —dijo él.
—Está bien, disculpas aceptadas.
Ambos guardaron silencio.
—Comencemos de nuevo —propuso ella.
—Me parece perfecto —aceptó David.
El olor a especias impregnado en el interior del hogar le recordó a David que no había comido nada desde la mañana, y eso ya lo estaba afectando.
Había pasado buena parte de la tarde y, con la cabeza puesta en otros sitios, se había olvidado de almorzar.
Mientras hablaba con Mia, comenzó a buscar algo que pudiera resultar interesante para su caso. No sabía muy bien qué, pero estaba seguro de que lo reconocería cuando lo tuviera enfrente.
—Háblame de lo que dijiste en la oficina —dijo Mia desde el otro lado del comunicador.
David guardó silencio. Se acomodó el auricular en el oído, profundamente afectado, como si las palabras le hubieran golpeado el pecho. Sus hombros se tensaron y tardó un segundo de más en responder.
—La verdad es que no me siento cómodo hablando de eso.
David deambulaba por la casa, mirando en el interior de cajones y debajo de las mesas.
—Tienes que hacerlo —insistió ella, sin elevar la voz—. Si no, nunca vamos a avanzar.
El silencio se estiró, denso, cargado de una incomodidad que parecía llenar la habitación. Al final, David dio un gran suspiro, asintió con la cabeza e intentó relajarse.
—Está bien… ¿qué quieres saber?
—Dime por qué crees que no eres una buena persona.
Sintió un nudo cerrársele en el estómago. La respuesta salió sin emoción, como algo repetido demasiadas veces en su cabeza.
—Porque no lo soy.
—Necesito algo más que eso. Tú lo sabes.
Apretó la mandíbula. Una presión antigua le subió por el pecho.
—Engañaba a mi mejor amigo. Me acostaba con su mujer.
Mia guardó silencio, tratando de asimilar lo que David le había dicho. Por un momento, todo cobró sentido.
Aunque Mia no podía verlo, David mantuvo la cabeza agachada, atrapado en una mezcla de vergüenza y cansancio.
—¿No es eso prueba suficiente? —agregó.
Mia guardó silencio. Como no podía verlo, se concentró en escuchar las más mínimas perturbaciones en su voz, como si intentara oír también lo que no estaba diciendo.
—No. Lo dices por algo más. Tiene que haber algo más profundo… algo en el pasado.
Respiró hondo. El aire le pesó en los pulmones. No estaba buscando comprensión ni absolución; solo quería vaciarse de algo que llevaba años pudriéndose por dentro.
David dejó de moverse y se concentró en sus pensamientos.
—Cuando éramos jóvenes, en el colegio, él era uno de mis mejores amigos.
—¿Álvaro? —preguntó Mia.
—Sí. Álvaro.
Las imágenes regresaron con una claridad incómoda: risas, tardes compartidas, promesas que nunca pensaron que podían romperse.
—De vuelta de un verano, ambos habíamos crecido —continuó—. Él más que yo. Tenía un cuerpo atlético y entró en el equipo de fútbol. Era relativamente bueno y captó la atención de algunos compañeros.
Un día empezó a juntarse con los chicos populares y, poco a poco, dejó de hablarme. No fue una pelea ni una traición abierta. Simplemente… desapareció de mi vida.
Sintió de nuevo esa vieja sensación de quedarse atrás, de no ser suficiente.
—Nunca más volvimos a ser amigos.
El silencio que siguió fue espeso, casi asfixiante. Sin embargo, algo en el pecho de David se sintió extrañamente libre: la contradicción de aceptar algo inmoral que, a todas luces, se sentía bien.
David tomó asiento en un sofá desgastado, cubierto de horribles diseños de flores descoloridas. Miró el techo con la mirada perdida.
Mia esperó al otro lado de la línea. Sabía que David era hermético y que no debía presionarlo; cualquier empujón en falso podía echar a perder el progreso que estaba haciendo con él.
—¿Y? —preguntó con suavidad.
David tragó saliva y continuó.
—Años después supe que su mamá estaba enferma. Muy grave. Todos decían que no iba a salir de esa.
Algo se tensó en su pecho al recordarlo.
—Volví a acercarme. Sabía dónde vivía. Fuimos amigos: conocía su casa, a su madre, a su familia. Lo encontré.
Hizo una pausa breve.
—Estuve ahí. Lo acompañé en el hospital, lo escuché, lo abracé cuando lloraba. Me quedé cuando los demás se iban.
Para él, nuestra separación había sido solo un proceso de la vida. No había nada de malo, nada que pedir perdón ni nada que perdonar.
—Todos pensaron que era un buen gesto. Que había dejado el pasado atrás.
Hizo otra pausa. Mia escuchaba, expectante.
—Pero no era verdad.
El aire pareció volverse más pesado.
—Yo no volví por él —dijo al fin—. Volví para verlo sufrir. Para ver cómo se le caía el mundo encima. Para sentir que, por fin, le dolía algo.
Cerró los ojos un instante antes de continuar, con la voz apenas audible:
—Mientras su mamá se moría, yo estaba ahí mirándolo… y una parte de mí se sentía satisfecha. Como si, de alguna forma, su pérdida compensara el abandono que me hizo sentir.
Todos esos años en los que apenas me saludaba con un movimiento de cabeza a lo lejos, las experiencias que no tuve con quién compartir, las fiestas a las que no fui… todo eso.
Una lágrima tímida recorrió el rostro de David.
No hubo alivio después de decirlo.
Tampoco arrepentimiento visible.
Solo un vacío incómodo, expuesto por primera vez.
—No volviste por él —dijo Mía en voz baja—. Volviste por lo que sentías cuando estabas con él.
David no respondió.
—Eso no te convierte en una buena persona —continuó—… pero tampoco en un monstruo.
Se detuvo un segundo.
—Te convierte en alguien que nunca resolvió lo que le hicieron.
David se puso de pie, pasó la mano por la nariz y retomó su búsqueda.
Mía no supo cómo seguir con el tema, y David agradeció que así fuera. Sin nada más que agregar, ambos colgaron la llamada.
Él siguió con la búsqueda: revisó cajones, rincones y los pocos documentos que estaban a la vista. El lugar, dada su simpleza, facilitaba la tarea. No había nada.
El sol comenzaba a menguar, así que decidió volver a la ciudad y, quizá de paso, comer algo.
Tomó unas fotos con su teléfono y salió del lugar.