jueves, 24 de julio de 2025

Vacío nocturno

—Sé que la tengo en alguna parte —dijo Romina mientras vaciaba su bolso sobre la mesa.

El extraño bolso desafiaba la realidad y la existencia misma, pues resultaba físicamente imposible que un simple trozo de cuero pudiera cargar con tantas cosas a la vez.

Los múltiples objetos tintinearon al rebotar contra el cristal de la mesa, las botellas de cerveza y los vasos a medio beber: un manojo de llaves de distintas formas y colores. Como nunca recordaba para qué servían las más antiguas, prefería cargar con todas (por si acaso), y de la docena que llevaba, solo usaba dos; un par de labiales gastados que ya no servían para nada, pero que mantenía por si algún día sentía ánimo de comprar otro y no quería equivocarse de color, ya que era incapaz de recordar el nombre o número exacto; una billetera vieja que la transportaba a tiempos mejores, más estables, un regalo que le hizo su padre alguna vez, antes de aquello...; un estuche con lápices que a veces se negaban rotundamente a escribir; una libreta pequeña, de encuadernado sencillo, donde anotaba cosas que no debía olvidar (si tan solo no olvidara revisarla de vez en cuando); uno de esos portafotos magnéticos con un horrible diseño de colores chillones y formas indescriptibles, con apenas tres fotos de sus sobrinos cuando eran muy pequeños. Los mellizos ya casi tenían nueve años, pero Romina nunca había actualizado el contenido; una tableta de analgésicos, una de antiácidos, otra más de analgésicos, una de antidepresivos, y otra más de analgésicos; un pequeño frasco con unas píldoras milagrosas que supuestamente transformaban la grasa en... algo. Aire, al parecer; elásticos; un destapador; unos tampones que, por el roce con los demás objetos, ya estaban inservibles; y un largo etcétera.

De todo, menos su tarjeta de débito.

La joven garzona esperaba junto a la mesa: alta para su edad, delgada, con un peinado sencillo, un impecable delantal ceñido y el peso del cuerpo recargado sobre uno de sus pies, cada vez más impaciente. Su rostro era rígido, serio, inexpresivo. Un leve golpeteo ansioso del lápiz contra la comanda intentaba apresurar el proceso.

Romina conocía a la joven trabajadora. No recordaba su nombre —era muy mala para los nombres—, pero estaba casi segura de que alguna vez las habían presentado.

Una de las dos amigas que la acompañaban salió al paso.

—¿Es necesario pagar ahora, antes de terminar? —preguntó Andrea, sentada a la izquierda de Romina.

—Sí —respondió la joven.

—Cóbrate —dijo Ana, sentada a su derecha, mientras extendía la mano y le pasaba unos billetes.

—Gracias —respondió la joven en un tono seco. Dio media vuelta y se internó en el local.

Un leve silencio incómodo se hizo presente el tiempo justo para que Romina lo notara. Miró a su alrededor y no pudo evitar sentir un vacío en su interior. En el pecho. Muy dentro, muy profundo, pero muy notorio. Le pasaba siempre que se detenía a pensar, cuando dejaba de hablar, cuando dejaba de reír, de recibir estímulos.

Estaba afuera. Había decidido salir, y sus amigas —inseparables y perfectas— habían decidido acompañarla.

La flanqueaban como verdaderas guardaespaldas, una a cada lado, protegiéndola del exterior. Romina sabía que aquello era un poco exagerado, pero nunca renegaría de un poco de afecto de sus mejores amigas. Se sentía bien. Tibio, hogareño, cariñoso. Aquello no podía estar mal.

¿Pero y el vacío?